Sira
Poeta fiel al portal
La primera y la última
Esa caricia lejana,
ese roce de labios trémulo y tibio.
Ese miedo cerval,
aquel agridulce y absoluto delirio.
Lo sabía ya por entonces,
lo asimilé sin demora,
porque ya estaba condenada
desde mucho, mucho tiempo antes
nuestra taciturna historia;
o debiera decir, quizás,
la que fuera nuestra historia.
Te besé sin pensarlo,
con violencia licenciosa,
y a pesar de mi hambre saciada
yo lloraba y lloraba,
incapaz de hacer otra cosa.
Tal vez aún me recuerdes,
temblorosa e inerme,
cuando a los pliegues de tu ropa
me asía y me aferraba.
No pude ocultar que lo sabía,
ya por entonces, cabalmente:
que mi amor había caído
en un pedregal baldío y marchito,
inaccesible e inclemente.
Por esa razón, por ese mismo motivo
aquella noche sollocé sin cesar.
Fue la primera y última vez,
amor mío,
que tú me vieras llorar.
Esa caricia lejana,
ese roce de labios trémulo y tibio.
Ese miedo cerval,
aquel agridulce y absoluto delirio.
Lo sabía ya por entonces,
lo asimilé sin demora,
porque ya estaba condenada
desde mucho, mucho tiempo antes
nuestra taciturna historia;
o debiera decir, quizás,
la que fuera nuestra historia.
Te besé sin pensarlo,
con violencia licenciosa,
y a pesar de mi hambre saciada
yo lloraba y lloraba,
incapaz de hacer otra cosa.
Tal vez aún me recuerdes,
temblorosa e inerme,
cuando a los pliegues de tu ropa
me asía y me aferraba.
No pude ocultar que lo sabía,
ya por entonces, cabalmente:
que mi amor había caído
en un pedregal baldío y marchito,
inaccesible e inclemente.
Por esa razón, por ese mismo motivo
aquella noche sollocé sin cesar.
Fue la primera y última vez,
amor mío,
que tú me vieras llorar.
Última edición: