La razón y la fe no se oponen, pues la fe debe estar regulada por la razón.
Hay otro uso de la palabra razón cuando se opone a la fe; y aunque esta sea una manera bastante impropia de hablar, sin embargo, el uso común la ha autorizado, por lo que resultaría una locura bastante grande oponerse a ello o intentar remediarlo.
Solamente pienso que no será absurdo advertir que, cualquiera que sea la contraposición que se establezca entre fe y razón, la fe no es nada más que un firme asentimiento de la mente, el cual, si está regulado, como es nuestra obligación, no puede ser otorgado a nada que no se sustente en un buen razonamiento, de manera que fe y razón no se pueden oponer.
El que crea, sin ninguna razón para creer, puede estar enamorado de sus propias fantasías, pero ni buscará la verdad como debiera ni prestará la debida obediencia a su Creador, que quiso que él hiciera un empleo correcto de las facultades del discernimiento que le había dado para mantenerlo alejado del equívoco o del error.
Y el que no lo haga en la medida de su facultad, aunque algunas veces encuentre la verdad, esta verdad no será sino el producto de la casualidad, y no sé decir si la buena suerte de un accidente es una excusa adecuada para subsanar la irregularidad del procedimiento.
Una cosa, al menos, es segura, y es que a él se le debe imputar todos los errores en que incurra; mientras que quien emplee las luces y las facultades que Dios le ha dado, y se empeñe sinceramente en el descubrimiento de la verdad por los auxilios y habilidades que tiene, puede tener la satisfacción de que, al estar actuando según la obligación de hombre racional, aunque no encuentre la verdad, no por ello perderá su recompensa.
Pues quien así actúa, y coloca su asentimiento en la medida en que debe, en cualquier caso o asunto, cree o deja de creer según las normas que su razón le dicta, y el que se comporta de otra manera, transgrede sus propias convicciones, y emplea aquellas facultades que le fueron otorgadas para buscar la evidencia más clara y la probabilidad más grande.
JLSolamente pienso que no será absurdo advertir que, cualquiera que sea la contraposición que se establezca entre fe y razón, la fe no es nada más que un firme asentimiento de la mente, el cual, si está regulado, como es nuestra obligación, no puede ser otorgado a nada que no se sustente en un buen razonamiento, de manera que fe y razón no se pueden oponer.
El que crea, sin ninguna razón para creer, puede estar enamorado de sus propias fantasías, pero ni buscará la verdad como debiera ni prestará la debida obediencia a su Creador, que quiso que él hiciera un empleo correcto de las facultades del discernimiento que le había dado para mantenerlo alejado del equívoco o del error.
Y el que no lo haga en la medida de su facultad, aunque algunas veces encuentre la verdad, esta verdad no será sino el producto de la casualidad, y no sé decir si la buena suerte de un accidente es una excusa adecuada para subsanar la irregularidad del procedimiento.
Una cosa, al menos, es segura, y es que a él se le debe imputar todos los errores en que incurra; mientras que quien emplee las luces y las facultades que Dios le ha dado, y se empeñe sinceramente en el descubrimiento de la verdad por los auxilios y habilidades que tiene, puede tener la satisfacción de que, al estar actuando según la obligación de hombre racional, aunque no encuentre la verdad, no por ello perderá su recompensa.
Pues quien así actúa, y coloca su asentimiento en la medida en que debe, en cualquier caso o asunto, cree o deja de creer según las normas que su razón le dicta, y el que se comporta de otra manera, transgrede sus propias convicciones, y emplea aquellas facultades que le fueron otorgadas para buscar la evidencia más clara y la probabilidad más grande.