Alfredo Grajales Sosa
Poeta que considera el portal su segunda casa
Agobiante es la distancia
que a nuestro seres aqueja,
los corazones aleja
y los llena de arrogancia.
No existe la tolerancia
pues se desbordan los celos
y miramos por los suelos
las palabras amorosas,
tan sublimes como rosas:
hoy se convierten el hielos.
Cualquier palabra es motivo
para iniciar el combate
y someter a debate
quién fuera el más ofensivo.
Irracional e impulsivo
cada quien se manifiesta,
no necesitan respuesta
ya la saben de antemano
ninguno dobla su mano
ni a la solución se presta.
Con ímpetu las ofensas
suben de tono en segundos,
los pensamientos fecundos
de altisonantes inmensas.
Si no las dices, las piensas,
ofender es imperante
se considera importante
imaginar enemigo
a ese que duerme contigo:
y de tus males causante.
La cordura se presenta
y nacen explicaciones,
cada quien da sus razones
que dio inicio a la tormenta.
Después de esa lucha cruenta
las disculpas aparecen
y a los dos los estremecen
toda esa lluvia de insultos,
hablando bien como adultos
ya ven que no las merecen.
La calma que en el inicio
a ambos cónyuges faltara
y que juntos los llevara
al borde del precipicio.
Abrumante es el desquicio
que les provoca el demonio
cuando ingresa al matrimonio
y consigue hacer padecer,
confronta al hombre y mujer:
aquí doy mi testimonio.
Ya pasada la tormenta
y en el hogar hay Concordia,
se termina la discordia
y la pasión les aumenta.
La pareja muy contenta
pues ya no hay tribulación,
llegando a la habitación
en caricias se derrama,
todo termina en la cama:
con gran reconciliación.
que a nuestro seres aqueja,
los corazones aleja
y los llena de arrogancia.
No existe la tolerancia
pues se desbordan los celos
y miramos por los suelos
las palabras amorosas,
tan sublimes como rosas:
hoy se convierten el hielos.
Cualquier palabra es motivo
para iniciar el combate
y someter a debate
quién fuera el más ofensivo.
Irracional e impulsivo
cada quien se manifiesta,
no necesitan respuesta
ya la saben de antemano
ninguno dobla su mano
ni a la solución se presta.
Con ímpetu las ofensas
suben de tono en segundos,
los pensamientos fecundos
de altisonantes inmensas.
Si no las dices, las piensas,
ofender es imperante
se considera importante
imaginar enemigo
a ese que duerme contigo:
y de tus males causante.
La cordura se presenta
y nacen explicaciones,
cada quien da sus razones
que dio inicio a la tormenta.
Después de esa lucha cruenta
las disculpas aparecen
y a los dos los estremecen
toda esa lluvia de insultos,
hablando bien como adultos
ya ven que no las merecen.
La calma que en el inicio
a ambos cónyuges faltara
y que juntos los llevara
al borde del precipicio.
Abrumante es el desquicio
que les provoca el demonio
cuando ingresa al matrimonio
y consigue hacer padecer,
confronta al hombre y mujer:
aquí doy mi testimonio.
Ya pasada la tormenta
y en el hogar hay Concordia,
se termina la discordia
y la pasión les aumenta.
La pareja muy contenta
pues ya no hay tribulación,
llegando a la habitación
en caricias se derrama,
todo termina en la cama:
con gran reconciliación.
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