esthergranados
Poeta adicto al portal
Nuestra relación acabó convirtiéndose en algo informal, lúdico, sin visos de continuidad y por supuesto, sin pretensiones. No había postureo. Eramos conscientes de lo incierto del vínculo que nos unía: simplemente buscábamos una alternativa a la rutina. Él era la pócima que me salvaba del aburrimiento. Nos aferrábamos el uno al otro desesperadamente, quizás empujados por la necesidad de escapar del tedio que nos asfixiaba. Inventamos una versión nueva de nuestras vidas, una realidad diferente en la que refugiarnos y donde solo cabíamos los dos.
A través de sus ojos aprendí a ver el mundo con otra óptica, como si tuviera forma reticular y hubiésemos caído en esa red sutil que nos atrapaba sin remedio. A veces, sus hilos se rompían a fuerza de tensarlos y nos empeñábamos en zurcirlos intentando prolongar lo que sabíamos de antemano que tenía fecha de caducidad: tarde o temprano la magia se esfumaría.
Fuera de ese reducto irreal y multicolor en el que coincidíamos cada vez que las ganas de estar juntos era más fuerte que la voluntad, éramos muy diferentes. Él discreto, comedido, ponderado en sus opiniones. Nunca alardeaba de sus cualidades ni presumía de sus aciertos. Conmigo sin embargo, era apasionado, idealista, imaginativo. Me fascinaba el amor que sentía por las palabras: las mimaba, las modulaba suavemente con su voz al pronunciarlas, como si las acariciase. Era un enamorado del lenguaje y un poeta. "Derrochador de talento", apostillaba yo cada vez que mi timidez y su escepticismo me lo permitían. En una ocasión me dijo muy serio, no sin cierto estupor por mi parte, que estaba intentando encajar la palabra "clavícula" en un poema simplemente porque le parecía preciosa. La repetía una y otra vez con distintas entonaciones, separando cuidadosamente las sílabas, saboreándolas.
Nos gustaba jugar a encontrarnos dejando tras nosotros pistas que rastreábamos como animales al acecho y que el instinto contribuía a descifrar. Nuestras improvisadas citas tenían lugar en los sitios más dispares. Quedábamos en hoteles alejados de la ciudad, nos buscábamos en parques recónditos y solitarios, o coincidíamos asombrados en algún café de ambiente íntimo donde las confidencias y las caricias formaban parte de ese oasis hecho a la medida de nuestros sueños. Estábamos en una etapa de nuestras vidas en la que la tan cacareada juventud nos daba la espalda, pero el entusiasmo no permitía que la ilusión se resquebrajase.
Una vez, hace mucho tiempo, fuimos juntos al mar. Cuando estoy triste y le echo de menos, me refugio en ese recuerdo. En un cajón, debajo de la ropa, guardo la caracola que cogió para mí mientras paseábamos abrazados por la playa. Me la acerco al oído. El murmullo del mar me devuelve a ese paisaje por el que anduvimos solos y felices. Cuando la coloco otra vez en su sitio me siento nuevamente contenta porque reparo en lo afortunada que soy: tengo dos vidas que me gustan. Una es sosegada, apacible; la otra es provisional, apasionada, huérfana de futuro, construida solo con retazos de presente y sueños, muchos sueños. No quiero renunciar a ninguna de las dos, es un derecho que me concedo sin remordimientos. Es un premio que merezco ahora, hoy... A fin de cuentas, ¿alguien sabría decirme lo que sucederá mañana?
A través de sus ojos aprendí a ver el mundo con otra óptica, como si tuviera forma reticular y hubiésemos caído en esa red sutil que nos atrapaba sin remedio. A veces, sus hilos se rompían a fuerza de tensarlos y nos empeñábamos en zurcirlos intentando prolongar lo que sabíamos de antemano que tenía fecha de caducidad: tarde o temprano la magia se esfumaría.
Fuera de ese reducto irreal y multicolor en el que coincidíamos cada vez que las ganas de estar juntos era más fuerte que la voluntad, éramos muy diferentes. Él discreto, comedido, ponderado en sus opiniones. Nunca alardeaba de sus cualidades ni presumía de sus aciertos. Conmigo sin embargo, era apasionado, idealista, imaginativo. Me fascinaba el amor que sentía por las palabras: las mimaba, las modulaba suavemente con su voz al pronunciarlas, como si las acariciase. Era un enamorado del lenguaje y un poeta. "Derrochador de talento", apostillaba yo cada vez que mi timidez y su escepticismo me lo permitían. En una ocasión me dijo muy serio, no sin cierto estupor por mi parte, que estaba intentando encajar la palabra "clavícula" en un poema simplemente porque le parecía preciosa. La repetía una y otra vez con distintas entonaciones, separando cuidadosamente las sílabas, saboreándolas.
Nos gustaba jugar a encontrarnos dejando tras nosotros pistas que rastreábamos como animales al acecho y que el instinto contribuía a descifrar. Nuestras improvisadas citas tenían lugar en los sitios más dispares. Quedábamos en hoteles alejados de la ciudad, nos buscábamos en parques recónditos y solitarios, o coincidíamos asombrados en algún café de ambiente íntimo donde las confidencias y las caricias formaban parte de ese oasis hecho a la medida de nuestros sueños. Estábamos en una etapa de nuestras vidas en la que la tan cacareada juventud nos daba la espalda, pero el entusiasmo no permitía que la ilusión se resquebrajase.
Una vez, hace mucho tiempo, fuimos juntos al mar. Cuando estoy triste y le echo de menos, me refugio en ese recuerdo. En un cajón, debajo de la ropa, guardo la caracola que cogió para mí mientras paseábamos abrazados por la playa. Me la acerco al oído. El murmullo del mar me devuelve a ese paisaje por el que anduvimos solos y felices. Cuando la coloco otra vez en su sitio me siento nuevamente contenta porque reparo en lo afortunada que soy: tengo dos vidas que me gustan. Una es sosegada, apacible; la otra es provisional, apasionada, huérfana de futuro, construida solo con retazos de presente y sueños, muchos sueños. No quiero renunciar a ninguna de las dos, es un derecho que me concedo sin remordimientos. Es un premio que merezco ahora, hoy... A fin de cuentas, ¿alguien sabría decirme lo que sucederá mañana?