Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Anoche me habló la Reina de las Arañas. Apesadumbrado yo, por tu reciente abandono, no había notado su presencia ni su tela en un rincón de mi cuarto, cerca del techo. Su ligera construcción debía ser reciente, pues tú, aseabas hasta el revés de las baldosas. Respetuosamente, me pidió permiso para poblarse con sus súbditas en dos o tres rincones más "que le corresponderían en mi soledad y futura dejadez por desánimo” -según me vaticinó sanamente la patuda soberana-. Aunque por ética, pedía mi consentimiento.
A modo de retribución, me ofreció adornar mis más profundos y oscuros pesares con la filigrana de su tela, y librarme de las moscas en el próximo verano. También me aseguró su compañía fiel y me propuso, si me parecía bien, organizarnos como familia, ya que sus antepasadas, -“no es que yo fuera tan viejo, sino que ellas se reproducían mucho y vivían poco”, aclaró- habían corrido la voz de que yo, era como una araña.
'Sin emular a Spiderman, ¿cómo es eso?', le pregunté irónico. “Cazas la mosca humana del amor, -respondió el insecto Real- y como siempre se te escapa, te resignas a los rincones de tu casa y hasta los disfrutas, ¿verdad?” 'Qué más remedio', admití. “Si me permites, tú deberías perseverar como nosotras -prosiguió la araña- y esperar a enredar la Mosca de Oro. O una mosca tornasol al menos. Pero nunca las comunes. Esas, no aprecian tus valores sentimentales, sino tu oro y el de tu tiempo; los cuales ellas te consumen, y encima, te dejan pegado en tu propia tela de lindo proyecto conyugal. De esas moscas, debes alimentar tus instintos morfológicos y nada más. Son como las moscas de verano que te apabullan con su presencia y en invierno desaparecen. El frío te lo aguantas tú. Mira: mi architatarabuela atrapó su Moscón de Oro, y si mal los aplastó una zaranda de minero gambusino, ambos murieron ricos de amor. Pero como no pediste mi consejo ni es mi asunto, aquí termino. Yo, de momento necesito paz y seguridad. Estoy cansada de vengar de noche a las hermanas que tu raza me mata de día. Tanto, que vivo picando y enronchando humanos; que si no fuese por tan lamentable motivo, jamás lastimaría”.
Nos quedamos en silencio, y al cabo de un rato le dije: 'Ubícate donde quieras'. Me agradeció y me advirtió: “Posiblemente no volvamos a hablar en mucho tiempo, ya que nuestro código ancestral es de silencio y discreción. Pero si necesitas referirme algo importante, cuenta conmigo”. La Reina de las Arañas, retrocedió perdiéndose lentamente en la penumbra de su rincón, y yo, abrí las sábanas de mi cama, desde hoy más ancha y vacía que la del “Curro Palomo”.
Desestimando consejos de conveniencia sentimental, como todo enamorado cuya razón no atiende razones, mientras cavilaba en la posibilidad de tu regreso, insinuándose ya la alborada, te oí abrir la puerta y entrar como si tal cosa. Y, sin siquiera un beso en la mejilla, malhumorada por mi “encierro en ambiente viciado”, hecha una ráfaga, empezaste a retirar las cortinas, a abrir de par en par las ventanas colgándole las alfombras, plumereando rincones, matando arañas… ¡¡¿Matando arañas?!! '¡No, mi familia no!', te grité, a la vez que despertaba. Todo estaba oscuro y en calma. Fue una pesadilla. Ni rastros de ti. De todos modos, para afianzar mi despecho y tranquilizar de paso a mi arácnida y gentil compañía, exclamé: ¡Nunca dejaré que nos invadan, hermanas! ¡Y menos, la ingrata de mi ex ni ninguna otra! ¡Ni la Mosca de Oro!... Nadie contestó, pero se oyeron breves y múltiples suspiros. De alivio creo, como el mío, a pesar de mi pesar.
A modo de retribución, me ofreció adornar mis más profundos y oscuros pesares con la filigrana de su tela, y librarme de las moscas en el próximo verano. También me aseguró su compañía fiel y me propuso, si me parecía bien, organizarnos como familia, ya que sus antepasadas, -“no es que yo fuera tan viejo, sino que ellas se reproducían mucho y vivían poco”, aclaró- habían corrido la voz de que yo, era como una araña.
'Sin emular a Spiderman, ¿cómo es eso?', le pregunté irónico. “Cazas la mosca humana del amor, -respondió el insecto Real- y como siempre se te escapa, te resignas a los rincones de tu casa y hasta los disfrutas, ¿verdad?” 'Qué más remedio', admití. “Si me permites, tú deberías perseverar como nosotras -prosiguió la araña- y esperar a enredar la Mosca de Oro. O una mosca tornasol al menos. Pero nunca las comunes. Esas, no aprecian tus valores sentimentales, sino tu oro y el de tu tiempo; los cuales ellas te consumen, y encima, te dejan pegado en tu propia tela de lindo proyecto conyugal. De esas moscas, debes alimentar tus instintos morfológicos y nada más. Son como las moscas de verano que te apabullan con su presencia y en invierno desaparecen. El frío te lo aguantas tú. Mira: mi architatarabuela atrapó su Moscón de Oro, y si mal los aplastó una zaranda de minero gambusino, ambos murieron ricos de amor. Pero como no pediste mi consejo ni es mi asunto, aquí termino. Yo, de momento necesito paz y seguridad. Estoy cansada de vengar de noche a las hermanas que tu raza me mata de día. Tanto, que vivo picando y enronchando humanos; que si no fuese por tan lamentable motivo, jamás lastimaría”.
Nos quedamos en silencio, y al cabo de un rato le dije: 'Ubícate donde quieras'. Me agradeció y me advirtió: “Posiblemente no volvamos a hablar en mucho tiempo, ya que nuestro código ancestral es de silencio y discreción. Pero si necesitas referirme algo importante, cuenta conmigo”. La Reina de las Arañas, retrocedió perdiéndose lentamente en la penumbra de su rincón, y yo, abrí las sábanas de mi cama, desde hoy más ancha y vacía que la del “Curro Palomo”.
Desestimando consejos de conveniencia sentimental, como todo enamorado cuya razón no atiende razones, mientras cavilaba en la posibilidad de tu regreso, insinuándose ya la alborada, te oí abrir la puerta y entrar como si tal cosa. Y, sin siquiera un beso en la mejilla, malhumorada por mi “encierro en ambiente viciado”, hecha una ráfaga, empezaste a retirar las cortinas, a abrir de par en par las ventanas colgándole las alfombras, plumereando rincones, matando arañas… ¡¡¿Matando arañas?!! '¡No, mi familia no!', te grité, a la vez que despertaba. Todo estaba oscuro y en calma. Fue una pesadilla. Ni rastros de ti. De todos modos, para afianzar mi despecho y tranquilizar de paso a mi arácnida y gentil compañía, exclamé: ¡Nunca dejaré que nos invadan, hermanas! ¡Y menos, la ingrata de mi ex ni ninguna otra! ¡Ni la Mosca de Oro!... Nadie contestó, pero se oyeron breves y múltiples suspiros. De alivio creo, como el mío, a pesar de mi pesar.
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