LA REVOLUCIÓN INCRUENTA
Se ha rasgado el velo carmesí de mi pasado.
Brotan tras él las tardes apacibles,
las aventuras locas, los silenciosos murciélagos,
estantiguas apolilladas y aquel gato de astracán
con la mirada de nácar...
y mis muertos añorados
Han acabado de tender las avenidas triunfales
sobre los campos en flor.
De recónditas madrigueras han brotado tanques
-bellísimos, como máquinas de guerra-
y para las ametralladoras se ha abolido el toque de queda.
Los capitanes han dado órdenes de disparar a matar
con munición de primavera:
caléndulas, margaritas, rosas silvestres,
todo aromado con esencias de romero y hierbabuena.
Puede que con los restos del velo de mi pasado,
tan oportunamente rasgado,
puedan ocultarse los cuerpos de los caídos felices,
los que han dado sus breves vidas por la causa sin efecto.
Es la nueva revolución incruenta,
pergeñada en las terrazas de los bares de equívoca condición.
Se propone eliminar las ecuaciones que definan
viejos sólidos caducos, las cónicas obsoletas
y reivindican los frufrú de los antiguos bailes
que hacían furor en el Imperio austrohúgaro.
¡Qué gentileza ignorar las oxidadas guillotinas!
O no citar, en el artículo primero de la Constitución que se vote,
la suspensión de derechos para el ganado vacuno,
o para las gallinas y aves cruelmente estabuladas,
o para los orondos cerdos o las estatuas de mármol,
las que asisten impasibles a la caída del Imperio.
La luz de los algoritmos crea auroras boreales y brillantes hologramas
para adornar santidades que surgen de las hogueras pasadas.
Las de aquellos Santos y mártires que ahora son energía
y reivindican su puesto en los ministerios y oficinas de fielato.
¿Se estará despoblando el Reino del Paraíso?
Tanta verdad abolida, tanta oscuridad disuelta,
tanto inmigrante con las auras y los estigmas
que llegan hasta las montañas más altas del Reino...
¿Y los temidos infiernos, o el cauteloso Purgatorio
donde las Ánimas cantan a coro las excelencias
de los aires acondicionados, desvanecidas ya sus esperanzas
para otras reivindicaciones?
Mis queridos ángeles caídos, mi falange pretoriana
que recuperaba mis restos en los aquelarres parisinos...
Pronto estaréis conmigo en el Paraíso de los ignaros,
gozando de la beatitud a la derecha de los Iluminados...
Ilust.: “El bebedor”. Umberto Boccioni. 1914
Se ha rasgado el velo carmesí de mi pasado.
Brotan tras él las tardes apacibles,
las aventuras locas, los silenciosos murciélagos,
estantiguas apolilladas y aquel gato de astracán
con la mirada de nácar...
y mis muertos añorados
Han acabado de tender las avenidas triunfales
sobre los campos en flor.
De recónditas madrigueras han brotado tanques
-bellísimos, como máquinas de guerra-
y para las ametralladoras se ha abolido el toque de queda.
Los capitanes han dado órdenes de disparar a matar
con munición de primavera:
caléndulas, margaritas, rosas silvestres,
todo aromado con esencias de romero y hierbabuena.
Puede que con los restos del velo de mi pasado,
tan oportunamente rasgado,
puedan ocultarse los cuerpos de los caídos felices,
los que han dado sus breves vidas por la causa sin efecto.
Es la nueva revolución incruenta,
pergeñada en las terrazas de los bares de equívoca condición.
Se propone eliminar las ecuaciones que definan
viejos sólidos caducos, las cónicas obsoletas
y reivindican los frufrú de los antiguos bailes
que hacían furor en el Imperio austrohúgaro.
¡Qué gentileza ignorar las oxidadas guillotinas!
O no citar, en el artículo primero de la Constitución que se vote,
la suspensión de derechos para el ganado vacuno,
o para las gallinas y aves cruelmente estabuladas,
o para los orondos cerdos o las estatuas de mármol,
las que asisten impasibles a la caída del Imperio.
La luz de los algoritmos crea auroras boreales y brillantes hologramas
para adornar santidades que surgen de las hogueras pasadas.
Las de aquellos Santos y mártires que ahora son energía
y reivindican su puesto en los ministerios y oficinas de fielato.
¿Se estará despoblando el Reino del Paraíso?
Tanta verdad abolida, tanta oscuridad disuelta,
tanto inmigrante con las auras y los estigmas
que llegan hasta las montañas más altas del Reino...
¿Y los temidos infiernos, o el cauteloso Purgatorio
donde las Ánimas cantan a coro las excelencias
de los aires acondicionados, desvanecidas ya sus esperanzas
para otras reivindicaciones?
Mis queridos ángeles caídos, mi falange pretoriana
que recuperaba mis restos en los aquelarres parisinos...
Pronto estaréis conmigo en el Paraíso de los ignaros,
gozando de la beatitud a la derecha de los Iluminados...
Ilust.: “El bebedor”. Umberto Boccioni. 1914
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