Alfredo Munoz
Poeta recién llegado
Hoy, acuné tus manos en las mías.
En lagar, por el ansia de mi anhelo
convertidas. ¡Ah! Licuada exuberante
plenitud de vida son tus manos.
¡Diez mundos se alimentan del milagro!
Ellas, derramando generosas
por las mías, cataratas
de la savia del árbol de la vida.
¡Diez mundos sustentan el milagro!
Deja que el tiempo -padre de la sabiduría-
salpique de generosa impaciencia
nuestra ansiedad.
Las nubes, nunca fueron montañas.
Deja, que el deje pionero de tu voz,
te sorprenda a ti misma
al pronunciar mi nombre.
El ruiseñor -heraldo de la aurora-
evita también el repetir su canto.
Permite que tu ilusión se enajene
y a su regreso, no dejes de preguntarla
por el oculto regalo que acuna
bajo su ala.
Y ahora amada mía,
déjame mecer yo el fruto de mi anhelo
¡Ovillándote aquí. Sobre mí pecho!
Como se hace con una criatura
a quien se le ha escapado su osito
de terciopelo color de ensueño.
Deja que tu lágrima, haciendo surco
en mi corazón alimente el Universo.
Cierra tus ojos y escucha
siquiera una vez más, este poema.
En lagar, por el ansia de mi anhelo
convertidas. ¡Ah! Licuada exuberante
plenitud de vida son tus manos.
¡Diez mundos se alimentan del milagro!
Ellas, derramando generosas
por las mías, cataratas
de la savia del árbol de la vida.
¡Diez mundos sustentan el milagro!
Deja que el tiempo -padre de la sabiduría-
salpique de generosa impaciencia
nuestra ansiedad.
Las nubes, nunca fueron montañas.
Deja, que el deje pionero de tu voz,
te sorprenda a ti misma
al pronunciar mi nombre.
El ruiseñor -heraldo de la aurora-
evita también el repetir su canto.
Permite que tu ilusión se enajene
y a su regreso, no dejes de preguntarla
por el oculto regalo que acuna
bajo su ala.
Y ahora amada mía,
déjame mecer yo el fruto de mi anhelo
¡Ovillándote aquí. Sobre mí pecho!
Como se hace con una criatura
a quien se le ha escapado su osito
de terciopelo color de ensueño.
Deja que tu lágrima, haciendo surco
en mi corazón alimente el Universo.
Cierra tus ojos y escucha
siquiera una vez más, este poema.