• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

La señora Inés.

rasec anevar

Poeta recién llegado
La señora Inés ya no podía cocinar y su transito por la casa había desaparecido.

Antaño las tablas del segundo piso crujían con su caminar

y bajaba las escaleras subiéndose el vestido a media pierna.

Buscaba en su patio un Manto de Eva que hace tiempo no encontraba.

Las baldosas del jardín habían cambiado a terracota

y le disgustaba sentirse extraña en ese color.


Cada viernes por la noche encendía cuatro velas para las animas,

estaba segura de escucharlas por la casa; mas que susto,

sentía orgullo de las visitas invisibles.


No comía como antes, los aromas se le habían vuelto dispersos

y solo olía las cosas con la memoria.

De fechas, solo entendía noches y días.

Le gustaba quedarse en una esquina del jardín, rezándole a su virgen de yeso.

Antes su mundo era la casa, ahora la casa era el mundo entero.



Un viernes se descubrió junto a cuatro velas que no había encendido

y con la cera endurecida en sus polleras.

Un crujir de tablas se escuchaba del segundo piso.

La señora Inés dormía.
 
La señora Inés ya no podía cocinar y su transito por la casa había desaparecido.

Antaño las tablas del segundo piso crujían con su caminar

y bajaba las escaleras subiéndose el vestido a media pierna.

Buscaba en su patio un Manto de Eva que hace tiempo no encontraba.

Las baldosas del jardín habían cambiado a terracota

y le disgustaba sentirse extraña en ese color.


Cada viernes por la noche encendía cuatro velas para las animas,

estaba segura de escucharlas por la casa; mas que susto,

sentía orgullo de las visitas invisibles.


No comía como antes, los aromas se le habían vuelto dispersos

y solo olía las cosas con la memoria.

De fechas, solo entendía noches y días.

Le gustaba quedarse en una esquina del jardín, rezándole a su virgen de yeso.

Antes su mundo era la casa, ahora la casa era el mundo entero.



Un viernes se descubrió junto a cuatro velas que no había encendido

y con la cera endurecida en sus polleras.

Un crujir de tablas se escuchaba del segundo piso.

La señora Inés dormía.
que agradables letras las suyas (estas y las ya leídas), de sentir que la compresión regenera.
 
La señora Inés ya no podía cocinar y su transito por la casa había desaparecido.

Antaño las tablas del segundo piso crujían con su caminar

y bajaba las escaleras subiéndose el vestido a media pierna.

Buscaba en su patio un Manto de Eva que hace tiempo no encontraba.

Las baldosas del jardín habían cambiado a terracota

y le disgustaba sentirse extraña en ese color.


Cada viernes por la noche encendía cuatro velas para las animas,

estaba segura de escucharlas por la casa; mas que susto,

sentía orgullo de las visitas invisibles.


No comía como antes, los aromas se le habían vuelto dispersos

y solo olía las cosas con la memoria.

De fechas, solo entendía noches y días.

Le gustaba quedarse en una esquina del jardín, rezándole a su virgen de yeso.

Antes su mundo era la casa, ahora la casa era el mundo entero.



Un viernes se descubrió junto a cuatro velas que no había encendido

y con la cera endurecida en sus polleras.

Un crujir de tablas se escuchaba del segundo piso.

La señora Inés dormía.
Al menos duerme eternamente entre los rituales y los restos de la casa que una vez habitó.

Saludos
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo (opcional) de nuestra comunidad.

♥ Hacer una donación
Atrás
Arriba