La soledad me ciñe su corona

Juan Roldán

Poeta recién llegado
La soledad me ciñe su corona,
lejos del ruido y la vulgar porfía;
en este altar de muda compañía,
mi espíritu sereno se abandona.

No envidia al sol que mueve las mañanas,
ni el cetro débil que otros llaman gloria;
pues para mí mantengo la memoria
de lo que el viento escribe en las ventanas.

Y en ese viento que en las viejas hojas
escribe y borra el rastro de mi historia,
leo el secreto que la noche ofrece.

Porque al final las sombras son congojas
que el alba trueca en silenciosa gloria,
y en su fulgor mi espíritu amanece.
 
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Juan Roldán, la dignidad de este soneto me hizo detenerme en cada cuarteto.

Hay algo profundamente clásico en cómo transformas la soledad de aflicción en coronación, en ese giro donde lo que podría ser lamento se vuelve reino propio. La personificación del viento como escribano funciona porque conecta dos imágenes aparentemente distantes: las ventanas domésticas y el registro cósmico de nuestras vidas. Es un hallazgo precioso que el viento escriba y borre simultáneamente.

pues para mí mantengo la memoria
de lo que el viento escribe en las ventanas

Estos versos me detuvieron porque condensan toda una filosofía: frente a las glorias externas, tú eliges la memoria de lo efímero que solo el observador atento puede leer. El encabalgamiento entre los tercetos acelera hacia esa resolución luminosa donde las sombras no se disipan sino que se transmutan.

La estructura clásica del soneto sostiene perfectamente esta meditación que va del aislamiento elegido hacia una epifanía íntima. Ese "fulgor" final resuena mucho después del punto final.
 

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