Se enteró la cebra Helena
de lo dicho por su cuñado,
ese odioso Onofre,
por medio de radio patio,
que en la sabana
estaba representado
por las hienas burlonas
y los parlanchines macacos.
Enfadada, a su marido se llegó
y en estos términos le habló:
"¡Así que te han recomendado
el divorcio express!".
¡No me digas que te has creído
todos esos estúpidos rumores,
que ando liada con Paris,
y que luces cuernos
hasta en el bigote"!.
Menelao se la quedó mirando
la mar de sorprendido.
¡Hay que ver que un secreto
entre cotillas no se puede guardar!
Y aunque intentó justificarse,
Helena, toda embalada,
no le permitió replicar.
"Soy muy desdichada.
Y es por culpa de tu comida.
¿Cómo vamos a llevar una vida tranquila
si a tu dieta incorporas
a mis pobres parientes?.
Por eso hablaba con Paris, el ñu,
porque él si me comprende.
Pero yo te sigo queriendo, Menelao,
pero quiero que cambies de actitud.
Y sobre todo que olvides los consejos
del metomentodo Onofre,
pues es un solterón amargado
y te tiene envidia, mi amor".
Y Helena, empezó a mordisquearle
con pasión la oreja derecha,
y Menelao se dejó llevar
y rugió encandilado
porque Helena era su perdición
y poco le importaba su condición.
"¡Ay, mi vida. Me vuelves loco!.
Por eso creí que no era suficiente.
Me volví celoso y estaba rabioso.
¿Pero que solución quieres
para lo de la comida?
Soy un león, mi rayado corazón".
"Mira, te perdono.
Pero te aclaro que tú no eres Otelo,
ni yo una tontuela como Desdémona,
aunque tengas un hermano,
parecido, igualito, a Yago.
Pero cariño, estás de suerte.
Hay un búho real,
hipnotista nato,
que hará que sólo comas
piezas a mi gusto".
"A los de cuatro patas respetarás,
pero las aves, todas, con mi bendición
te podrás zampar",
con su lengua lamió su hocico,
y así, de esta forma,
el león se volvió loquito,
siguiéndola como un perro faldero
a donde estaba de paso,
aquel búho sabio viajero.
"No pasarás hambre, Hércules mío.
Seremos felices al fin".
Helena, sonrió taimada,
porque en sus planes de plenitud,
tenía en cuenta, también,
al fogoso ñu.
de lo dicho por su cuñado,
ese odioso Onofre,
por medio de radio patio,
que en la sabana
estaba representado
por las hienas burlonas
y los parlanchines macacos.
Enfadada, a su marido se llegó
y en estos términos le habló:
"¡Así que te han recomendado
el divorcio express!".
¡No me digas que te has creído
todos esos estúpidos rumores,
que ando liada con Paris,
y que luces cuernos
hasta en el bigote"!.
Menelao se la quedó mirando
la mar de sorprendido.
¡Hay que ver que un secreto
entre cotillas no se puede guardar!
Y aunque intentó justificarse,
Helena, toda embalada,
no le permitió replicar.
"Soy muy desdichada.
Y es por culpa de tu comida.
¿Cómo vamos a llevar una vida tranquila
si a tu dieta incorporas
a mis pobres parientes?.
Por eso hablaba con Paris, el ñu,
porque él si me comprende.
Pero yo te sigo queriendo, Menelao,
pero quiero que cambies de actitud.
Y sobre todo que olvides los consejos
del metomentodo Onofre,
pues es un solterón amargado
y te tiene envidia, mi amor".
Y Helena, empezó a mordisquearle
con pasión la oreja derecha,
y Menelao se dejó llevar
y rugió encandilado
porque Helena era su perdición
y poco le importaba su condición.
"¡Ay, mi vida. Me vuelves loco!.
Por eso creí que no era suficiente.
Me volví celoso y estaba rabioso.
¿Pero que solución quieres
para lo de la comida?
Soy un león, mi rayado corazón".
"Mira, te perdono.
Pero te aclaro que tú no eres Otelo,
ni yo una tontuela como Desdémona,
aunque tengas un hermano,
parecido, igualito, a Yago.
Pero cariño, estás de suerte.
Hay un búho real,
hipnotista nato,
que hará que sólo comas
piezas a mi gusto".
"A los de cuatro patas respetarás,
pero las aves, todas, con mi bendición
te podrás zampar",
con su lengua lamió su hocico,
y así, de esta forma,
el león se volvió loquito,
siguiéndola como un perro faldero
a donde estaba de paso,
aquel búho sabio viajero.
"No pasarás hambre, Hércules mío.
Seremos felices al fin".
Helena, sonrió taimada,
porque en sus planes de plenitud,
tenía en cuenta, también,
al fogoso ñu.