Sergio D'Baires
Exp..
I: La Ecole
La noria manual de las cucharas encubría la tensión del alumno que atisbaba cada gesto de los ocho comensales cuando, en el momento de trasegar el potage, levantaban la vista dejando entrever en sus máscaras el reconocimiento sensorial de la receta.
Así: una ligera dureza en los párpados le confirmaba el rictus papilar del cilantro; la dilatación asimétrica de los orificios nasales: la caricia áspera del laurel en los cálices gustatorios; y los labios anhelantes: las cosquillas del comino en los surcos laterales de las lenguas. Saboreaba con la mirada las mejillas, que en la risa imperceptible de las mucosas, se bañaban en el picante gozo del jengibre; y a las ojeras de ocultos orgasmos y secretos sufrimientos que mezclaban su tristeza azul con el rubor viril de la pimienta.
Podía percibir el aroma en la inflexión esférica de sus exclamaciones. De la misma manera que el experto goza en la paleta del pintor, "ellos" reconocían al igual en el producto de su arte culinario.
Cada uno de los profesores de la mesa examinadora de la "Ecole Cordon Bleu et Rouge", había viajado desde el plato lleno y humeante hasta el fondo tibio y revelador, parando en todas las estaciones gustativas a "levantar" los sabores y olores que calificarían al producto.
El ajo y la cebolla, como trashumantes malabaristas, despertaron sus sensibilidades dormidas; la temperatura justa de la mezcla acunó los paladares y la justeza de la salazón provocó la avaricia de las úvulas; lo que se tradujo en un entrecerrar de ojos enfocando memorias de mares y salinas milenarias.
El pedestal de la soupe(le chair) inundó sus cavidades, subió desde las papilas sublinguales bañando el foramen y salpicando las amígdalas con el sabor del puchero de las cavernas.
En las mujeres provocó una crispación en las nalgas y una erección de sus pezones cuando sus piernas se apretaron ante el violador virtual que las acechaba desde el cuaternario.
En los hombres sólo se advertía la tensión mandibular que provoca la expectación de la caza y el olor del yantar en la estepa nevada.
Por un instante se distrajeron pensativos, reconstruyendo la excursión con sus lenguas, tensando sus mejillas de preguntas apicales, reconociendo los vericuetos bucales en los gustos atrapados, atrasándose en los interrogantes papilares ante las sensaciones olvidadas..
Casi al unísono prosiguieron el viaje estremeciéndose con el frío virtual de los ajos machacados en oliva, gozando el tacto de los pitagóricos cubos de papas y los prismas de zanahoria mientras jugaban con las esféricas arvejas algébricamente distribuidas en los platos.
La insistente cosquilla de las setas revolucionó las papilas filiformes; en los bordes de sus lenguas las fungiformes detectaron el suave gusto de la hojarasca del bosque descompuesto mientras las calciformes recogían en sus cálices el nectar insurgente.
Cuando las cucharas descansaron en los platos hondos, en el fondo tibio, una salsa marrón escondía el prodigio de la síntesis: el mc² del potage.
Como polichinelas sincronizados por una música inaudible levantaron las jarritas de porcelana azul del aceite de oliva y vertieron veinte gotas del icor verdoso; que expandió; en el centro de los platos una isla dorada; a continuación, como si se tratara de un ballet de las pimientas, tres vigorosas vueltas a las cabezas de los molinillos sincronizaron la lluvia multicolor con la distribución uniforme del cálculo azaroso.
Una hogaza fresca; prolijamente rebanada; servida en una fuente rigurosamente blanca, parecía esperarlos..
Fue un pulpo de manos exquisitamente atendidas el que retiró las ocho rodajas y las colocó sobre el fondo de los platos. Camaleónicas esponjas; desvistieron la porcelana mientras absorbían el caldo y cambiaban de color.
La ligera inclinación del cuello en los comensales, esperando, mientras la saliva vestía de impaciencia las mucosas, finalizó bruscamente.
Un Pa de deux de tenedores y cuchillos cortó las rebanadas henchidas en tres partes. Después: los ocho llevaron el manjar hacia las bocas.
Así: una ligera dureza en los párpados le confirmaba el rictus papilar del cilantro; la dilatación asimétrica de los orificios nasales: la caricia áspera del laurel en los cálices gustatorios; y los labios anhelantes: las cosquillas del comino en los surcos laterales de las lenguas. Saboreaba con la mirada las mejillas, que en la risa imperceptible de las mucosas, se bañaban en el picante gozo del jengibre; y a las ojeras de ocultos orgasmos y secretos sufrimientos que mezclaban su tristeza azul con el rubor viril de la pimienta.
Podía percibir el aroma en la inflexión esférica de sus exclamaciones. De la misma manera que el experto goza en la paleta del pintor, "ellos" reconocían al igual en el producto de su arte culinario.
Cada uno de los profesores de la mesa examinadora de la "Ecole Cordon Bleu et Rouge", había viajado desde el plato lleno y humeante hasta el fondo tibio y revelador, parando en todas las estaciones gustativas a "levantar" los sabores y olores que calificarían al producto.
El ajo y la cebolla, como trashumantes malabaristas, despertaron sus sensibilidades dormidas; la temperatura justa de la mezcla acunó los paladares y la justeza de la salazón provocó la avaricia de las úvulas; lo que se tradujo en un entrecerrar de ojos enfocando memorias de mares y salinas milenarias.
El pedestal de la soupe(le chair) inundó sus cavidades, subió desde las papilas sublinguales bañando el foramen y salpicando las amígdalas con el sabor del puchero de las cavernas.
En las mujeres provocó una crispación en las nalgas y una erección de sus pezones cuando sus piernas se apretaron ante el violador virtual que las acechaba desde el cuaternario.
En los hombres sólo se advertía la tensión mandibular que provoca la expectación de la caza y el olor del yantar en la estepa nevada.
Por un instante se distrajeron pensativos, reconstruyendo la excursión con sus lenguas, tensando sus mejillas de preguntas apicales, reconociendo los vericuetos bucales en los gustos atrapados, atrasándose en los interrogantes papilares ante las sensaciones olvidadas..
Casi al unísono prosiguieron el viaje estremeciéndose con el frío virtual de los ajos machacados en oliva, gozando el tacto de los pitagóricos cubos de papas y los prismas de zanahoria mientras jugaban con las esféricas arvejas algébricamente distribuidas en los platos.
La insistente cosquilla de las setas revolucionó las papilas filiformes; en los bordes de sus lenguas las fungiformes detectaron el suave gusto de la hojarasca del bosque descompuesto mientras las calciformes recogían en sus cálices el nectar insurgente.
Cuando las cucharas descansaron en los platos hondos, en el fondo tibio, una salsa marrón escondía el prodigio de la síntesis: el mc² del potage.
Como polichinelas sincronizados por una música inaudible levantaron las jarritas de porcelana azul del aceite de oliva y vertieron veinte gotas del icor verdoso; que expandió; en el centro de los platos una isla dorada; a continuación, como si se tratara de un ballet de las pimientas, tres vigorosas vueltas a las cabezas de los molinillos sincronizaron la lluvia multicolor con la distribución uniforme del cálculo azaroso.
Una hogaza fresca; prolijamente rebanada; servida en una fuente rigurosamente blanca, parecía esperarlos..
Fue un pulpo de manos exquisitamente atendidas el que retiró las ocho rodajas y las colocó sobre el fondo de los platos. Camaleónicas esponjas; desvistieron la porcelana mientras absorbían el caldo y cambiaban de color.
La ligera inclinación del cuello en los comensales, esperando, mientras la saliva vestía de impaciencia las mucosas, finalizó bruscamente.
Un Pa de deux de tenedores y cuchillos cortó las rebanadas henchidas en tres partes. Después: los ocho llevaron el manjar hacia las bocas.