Francisco de Torres
Poeta asiduo al portal
La tarde se adormece
en su letargo profundo,
mientras el silencio impone
su dominio entre las
piedras del claustro.
En la bóveda gris del cielo
se dibujan las copas de los árboles.
Y en sus ramas, el trino de los pájaros
se confunden entre las verdes hojas.
Sentado entre sus piedras,
cargadas de centurias,
y a solas con mi soledad,
mi alma se libera y va en busca
de esos mundos por ella imaginados.
Y al regresar, me trae el eco dormido
de su glorioso pasado.
La tarde languidece.
Y en su paz melancólica,
mi alma crea un poema
que sólo otra alma entiende.
Entre el silencio infinito,
óyese el incesante murmullo de la fuente.
Mientras allá,
en un cielo imaginado,
dos almas hermanadas se comprenden.
en su letargo profundo,
mientras el silencio impone
su dominio entre las
piedras del claustro.
En la bóveda gris del cielo
se dibujan las copas de los árboles.
Y en sus ramas, el trino de los pájaros
se confunden entre las verdes hojas.
Sentado entre sus piedras,
cargadas de centurias,
y a solas con mi soledad,
mi alma se libera y va en busca
de esos mundos por ella imaginados.
Y al regresar, me trae el eco dormido
de su glorioso pasado.
La tarde languidece.
Y en su paz melancólica,
mi alma crea un poema
que sólo otra alma entiende.
Entre el silencio infinito,
óyese el incesante murmullo de la fuente.
Mientras allá,
en un cielo imaginado,
dos almas hermanadas se comprenden.