Solaribus
Poeta veterano en el portal
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Fijé mi vista en mitad del horizonte,
puse mis manos a izarme, pues, las velas.
De cara al cielo yo recordé tus ojos.
Teñí ese manto con su color de estrellas.
Busqué los vientos que transportar pudieran
el peso eterno del sol de los abrazos.
Canté a la aurora tu novedad de Musa
y solté amarras de sal para buscarlos.
Mordí los peces maduros del destierro.
La soledad de altamar en la columna.
Iluminaron las fosas de mi espíritu
destellos blancos del brillo de tu luna.
Sirenas grises, feroces atacaron
las proas fuertes con garras tan siniestras.
Mas no pudieron jamás herir de olvido
al corazón navegando hacia tus tierras.
Canción de mar infinito en los oídos
era el Amor por siempre idealizado.
Y, de la piel, la pasión desconocida
fue la noción del sentido más amado.
Descendieron, invasores, en tu playa
todos los soles con todas sus mañanas.
Toda la tarde con toda su belleza,
todas las noches lloviendo hasta las lágrimas.
Hice mi carpa y mi fuego aquí en la arena
antes de entrar con mis huestes en tu selva.
Y espero el grito del Cosmos en la sangre
como se espera la vida en primavera.
Guardo en la carne la herencia de lo angélico,
misterio suave de río y de montaña.
Percibo el signo maduro de los tiempos,
llevo un recuerdo de cielo en las entrañas.
No puedo herir sin un acto de justicia:
es mi destino de cielo disminuido.
Por eso aguardo los tiempos que contengan
Sabiduría y la Luz del Equilibrio.
Dolor y angustia se sienten en el parto
mas el gozo de parir te hace infinita.
Martirio y Cruz son improntas que, imborrables,
van preparando al amor para la Vida.
Como gemido de sol tras esos montes
que renacer otro día ha prometido,
así serán uno a uno los milagros,
reviviendo lo que en noche era marchito.
Hasta entonces respirando sólo a medias
viviré de la promesa de esta gloria.
Serán tus manos de arena mi alimento.
Será tu risa de nácar mi memoria.
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