esthergranados
Poeta adicto al portal
Mi madre guardaba el pequeño árbol de Navidad en la vieja maleta de cartón. Solo se usaba para eso. Allí estaban los adornos navideños: las bolas, los zapatitos, las campanitas, el diminuto Papá Noel, el espumillon de
colores...
Cada año, a primeros de Diciembre, mamá bajaba la maleta a rayas de lo alto del armario y nos reuníamos, junto con mi tía en torno a ella,con la ilusión creciente en los ojos y unas mariposas traviesas revoloteando por nuestro estómago.
Mi madre desplegaba el árbol, enderezaba sus ramas y nos advertía de que tuvieramos cuidado con las bolas para no romperlas. Siempre había alguna que se escapaba de nuestras manos, botaba varias veces por el suelo y finalmente se rompía en trocitos pequeños y cortantes.
Colgábamos los adornos con cuidado para que mamá no nos riñera. Después poníamos el espumillon alrededor: tiras plateadas, doradas, rojas, en una explosión de colores alegres y brillantes que a nosotros nos parecían preciosos.
Ese era el comienzo de la Navidad en nuestra casa. Cuando esos días festivos terminaban, cumpliamos con otro ritual: el de quitar los adornos, plegar nuevamente el árbol, y meterlos en la vieja maleta de cartón, en donde dormirían hasta la próxima Navidad.
colores...
Cada año, a primeros de Diciembre, mamá bajaba la maleta a rayas de lo alto del armario y nos reuníamos, junto con mi tía en torno a ella,con la ilusión creciente en los ojos y unas mariposas traviesas revoloteando por nuestro estómago.
Mi madre desplegaba el árbol, enderezaba sus ramas y nos advertía de que tuvieramos cuidado con las bolas para no romperlas. Siempre había alguna que se escapaba de nuestras manos, botaba varias veces por el suelo y finalmente se rompía en trocitos pequeños y cortantes.
Colgábamos los adornos con cuidado para que mamá no nos riñera. Después poníamos el espumillon alrededor: tiras plateadas, doradas, rojas, en una explosión de colores alegres y brillantes que a nosotros nos parecían preciosos.
Ese era el comienzo de la Navidad en nuestra casa. Cuando esos días festivos terminaban, cumpliamos con otro ritual: el de quitar los adornos, plegar nuevamente el árbol, y meterlos en la vieja maleta de cartón, en donde dormirían hasta la próxima Navidad.