Cuentista
Silencio, un cuento.
LA VISITA DE LAS SEIS EN PUNTO
La muerte de cual señora había amado, pudría el interior de mi cabeza, y también a mí.
Todos los atardeceres, al sonar dulcemente las seis en punto, una rosa enamorada colocaba donde yaciente ella dormía.
La misma rosa, que pisoteada en la arena encontraba cada día quizás, –pensé-, debido a la visita de los vivos.
Una noche, abusado ferozmente del alcohol desperté pasadas las diez. Quise aun así cumplir el cometido.
Intempestivas las horas, tuve que escalar con enorme dificultad los gigantescos pórticos cerrados, que junto a los vastos muros rodeaban el cementerio.
Allí, oculto entre las tumbas y aterrorizado, pude descubrir decenas de muertos caminando hacia las tapias, sus pies aplastaban una y otra vez al pasar sobre ella, la rosa.
Deduje pues, que cada noche vencidas las diez se alzaban los muertos, y con ellos mi amada horrible de semblante, sobre aquella tierra amurallada separada de los vivos.
Procuraban inútilmente y gracias a Dios
¡Encumbrar el alto muro!
Cuentista
La muerte de cual señora había amado, pudría el interior de mi cabeza, y también a mí.
Todos los atardeceres, al sonar dulcemente las seis en punto, una rosa enamorada colocaba donde yaciente ella dormía.
La misma rosa, que pisoteada en la arena encontraba cada día quizás, –pensé-, debido a la visita de los vivos.
Una noche, abusado ferozmente del alcohol desperté pasadas las diez. Quise aun así cumplir el cometido.
Intempestivas las horas, tuve que escalar con enorme dificultad los gigantescos pórticos cerrados, que junto a los vastos muros rodeaban el cementerio.
Allí, oculto entre las tumbas y aterrorizado, pude descubrir decenas de muertos caminando hacia las tapias, sus pies aplastaban una y otra vez al pasar sobre ella, la rosa.
Deduje pues, que cada noche vencidas las diez se alzaban los muertos, y con ellos mi amada horrible de semblante, sobre aquella tierra amurallada separada de los vivos.
Procuraban inútilmente y gracias a Dios
¡Encumbrar el alto muro!
Cuentista