La vieja viuda iba con un candelabro de tres brazos,encendidos sus cirios negros de llamarada silenciosa y muda.Caminando por los pasillos siniestros donde la maldición de su marido muerto pesaba como una losa sepulcral.Cada persona que se abriese paso por semejante laberinto de alcobas y salones preciosistas envejecía hasta hallar la muerte en brazos del funesto reflejo de los espejos bruñidos,que contemplaban la eternidad de una noche que nunca remitía.El sol no osaba posar sus benignos rayos contra las contras empotradas en los ventanales salvajes.Pero llegó a la malévola mansión un muchacho en busca de asilo:quería el pobre comer y beber.Al instante,la mujer se enamoró de él.Pero el joven no se daba cuenta de ello hasta que lo sorprendió un beso frío y lascivo en sus finos labios.Al momento sintió como una transformación ominosa en su jovial espíritu.Alarmado se miró en el espejo del comedor y observó para su horror que se había transformado en la fantasmal imagen vetusta de un viejo carcamal.