Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
Es una secuela de : http://www.mundopoesia.com/foros/prosa-generales/346090-dis-utopia-amorosa.html
Josefina se acreditaba cómo la mayor alcahueta y pitonisa de los sucesos de la esfera del pueblo, que en realidad era falso ya que no tenía tanta influencia pero su ego la impedía verlo. Una de las más románticas y sensibles apuntillaba en Internet, donde podía estar al acecho, al igual que una leona a una gacela, de los acontecimientos sociales. Nada, o eso creía, se le pasaba a ella; no ocurría nada si ella no lo sabía y se lo tenía tan creído que si llegaba a suceder algo sin su consulta o, por lo menos, el haber llegado a sus oídos, ella intentaba, y muchas veces lo conseguía, que tal cosa fuera entendida por todos como algo hilarante o le quitaba importancia. Y si eso no ocurría, quienes estuvieran en ese trama delictiva eran considerados cómo parías, sinvergüenzas o alguna clasificación mucho más denigrante, que expulsaba por su boca de serpiente venenosa.
De carácter militar y nervios fríos. Nunca se emborrachó ni se drogó. No porque no quisiera, sino para poder captar mejor los hechos de los cuales podría jugar bajo su manga. Su cuerpo no era para nada bello o espectacular, lo más parecido a ella hubiera sido un animal de granja, aunque se consideraba una miss a la cual todo el mundo tenía que alabarla.
Era una aficionada a la literatura. Pero a la buena. A los libros de Crepúsculo o copias de ésta, como si fueran libros de caballería. Para ella todos los demás libros eran una mierda o un excremento de chino. Era tal su conexión con aquellos amores de película que sus lloriqueos llegaban desde las eras bajas del pueblo, donde vivía, hasta la zona alta del ayuntamiento y la plaza del pueblo. Para ella eran El Quijote de su tiempo, y éste era una mierda de libro, literatura barata propia de un palanganero de putas de Valladolid con su madre e hija vendiendo su cuerpo, lo cual ella desconocía toda esta información del autor. Cervantes, según su opinión de experta y señora de la materia, debió de dedicarse, como Pío Estrada, a bufón, cosa que en parte hizo en la corte de los Augsburgo, los cuales le trataban como un subnormal, lo cual también desconocía este dato.
Su círculo de druida social del pueblo eran sus dos amigas. La primera era Marcel Ciprés del Cráneo; tampoco de gran belleza, era la estratega, es decir, la policía, la perro que se encargaba de descubrir, como lo haría un investigador penoso, los datos de la vida comunitaria, pues para ellas todo era algo de interés social y comunal, y al pueblo había que informarlo de si la Domingo la han puesto los cuernos o si el Casimiro se va con la novia de tal o cual. La segunda era Mariantonieta de Burbón y Casteldelfels; hija de ricos pijos de altos modales e influencia, aunque sólo en el pueblo ya que fuera no los conocían ni sus propios familiares; la hija había salido a los padres con su discreción sólo de cara, pues luego era la peor de todas y quien controlaba a esas dos esbirros de ese mundo que era el vetusto pueblo.
Josefina, aún tan buena mujer, no tenía varón, novio o amigo especial en su vida. Por todos era sabido y nadie osaba hablar ni menos a sus espaldas, pues como un trasgo a quien lo hiciese lo atacaba. No tenía éxito amoroso y, según decía, no le importaba ya que todos los hombres actuales, ya que los únicos de verdad eran los de Crepúsculo, eran unos idiotas sin sentimientos, egoístas y malignos. Además ella no dependía de ningún varón.
Aún así, en verdad que buscaba un amor. Su primer intento fue con Jorge Roldaño; chico hijo de constructores y que consideraba al ladrillo una inversión segura, lo cual, claro, lo dijo antes de la Crisis; conquistador de corazones, se hacía llamar por todas las redes sociales, y tanto lo era que su única y última novia le había dejado por otro, lo cual lloró has que las lágrimas se le agotaron y empezó a sangrar por los ojos, aunque se autodefinía como un brabucón y guerrero magno ante la adversidad y los dilemas de la vida. Pero no tuvo éxito con él y con un fino argumento de galante, pues era una amiga, la rechazó: No fea. Ni aunque me hagas tomar 321 calimochos. Y era verdad, los tomó y aun más ciego que los de la Once la negó con un Quita bicho, Chewaka, fuera, cara felpudo. No se lo tomó a cuenta, estaba enamorado de la otra y aún con su belleza tanto interna como externa, no lo pudo conquistar.
Pero siguió, aunque decía no depender de varón y eran una sucia calaña a la que hay que capar, por mera existencia, aunque en realidad los odiaba porque la rechazaba. El segundo objetivo de su rifle del amor fue Aureliano Campoamores, uno de los figuras del pueblo, junto a su amigo el Piraña, que su aroma era la miel de todas las chicas de la comarca las cuales le olían desde 30km a la redonda. Era recibido como un famoso, es decir, a gritos de ¡Aí, lo qué te haría guapo!, Comeme to` y así hasta mil tópicos al más estilo camionero o obrero de construcción. Éste magnomen también la rechazó. No la dijo nada. Simplemente salió corriendo de ella, lo más disimuladamente, que fue irse al baño y encerrarse en él hasta que desapareciese ella. Pero ésta concluyó que lo había hipnotizado y no pudo con la presión de satisfacerla, a tal gran amante.
Pasaron miles de hombres, incluso los más desesperados, que prefirieron tirarse por el puente, lo cual provocó un montón de flores en su recuerdo, que ella interpretó como esos candados de amor que dejan los enamorados en los puentes. Los cadáveres se acumularon en el río y no pudieron quitarles, impidiendo que el cauce del río siguiera su buen curso. Y lo cual hizó que el río explotará y hiciera una riada que desesperó a la pobre Josefina que la inundó la casa y tuvo que tuvo que salir de su hogar, llorando.
Sus lágrimas fueron como regueros de pan, como los del cuento de Hansel y Gratel, por lo cual se sabía por dónde iba, preguntándose por qué aquello, si ella era perfecta. A partir de ese día fue denominada cómo la loca del amor y fue marcada, al igual que hacía la Inquisición a los herejes.
Pero todo ese infortunio no amedrentó a la santa varona y continuó, e incluso con más ahínco, su trabajo de periodista oral local del pueblo. Fue hasta más trabajadora y represora con los rebeldes de su libertad de prensa con ataques de los que denominaron cómo ataques de demagogia que ella desmentía: Es inútil. Es verdad y éste es un putero, un salido y un vago de capirote. Si el cacique del pueblo podía temer a alguien, además de a la familia Burbón, era a ésta. Y cuando subido a lo alto de su ayuntamiento para ver todo su pueblo, el cual pensaba que poseía, y veía a Josefina, él se escondía cómo pudiera por si algo que pudiera ésta decir podría de ser utilizado en su contra.
Su reinado del Terror, siendo ella la Robespierre del pueblo, fue el más largo y el más silencioso desde la época oscura del Medievo. Nadie osaba no someterse a su magna ley del conocimiento y si no colaboraban con sus armas de investigación o, lo que ella denominaba, de seducción, pasaba a la humillación de la hoguera del aislamiento y el odio a esa persona.
Pero había rebeldes. Un chico, subido al sueño de la automoción, llamado el Bujias no quiso decirla nada sobre el tema de Soraya, y bajo su orden, todos le dejaron en el anonimato a excepción del compasivo Piraña que fue a hablar con la Robespierre. Del asunto de chillidos sobre eso, se paso a los besos, y Piraña que estaba saliendo con Soraya la traicionó con la señora, como a veces la llamaban también. En secreto, se amaron . Nadie lo sabía, hasta que Bujias los vio. Éste lo contó delante del todo el pueblo y ella, antes de que nadie pudiera replicar, lo negó todo e insultó tanto a Bujias como a su amante. Ella, después, le dijo que era para aparentar, pero él no era de esos y estaba harto de ello, y decidió seguir con Soraya y dejar sus falsas y calurosas aventuras con esa serpiente pitón.
Y aprendida de episodios anteriores, no lloró una sola gota de lágrimas ante los demás. Pero en casa lloró y lloró hasta que llegó a llenar bañeras y limpiarse en baños de lágrimas. Nunca lo dijo. Ni ya anciana, cuando su reinado ya lo heredo su hija adoptiva, ya que nunca se casó ni se volvió a enamorar. Sus últimas palabras fueron: A la mierda el cornudo de Piraña. Ahí se muera entre su propia mierda. Y se murió en su cama, pues su pueblo era el mejor, único, y no iba a salir de él nunca, y por ello, cumpliendo con ello, dejó su cuerpo muerto en la cama de su hogar después de un terrible cáncer, que era curable y que era insoportable. El dolor y el odio como una bacteria la habían hecho fuerte a todo medicamente que atacara su palabra, y por ello murió sola, a excepción de su hija no biológica, pero que heredó toda su personalidad, lo más valiosa que podría haber heredado.
La Voz del pueblo (Esperpento Quijotesco)
Josefina se acreditaba cómo la mayor alcahueta y pitonisa de los sucesos de la esfera del pueblo, que en realidad era falso ya que no tenía tanta influencia pero su ego la impedía verlo. Una de las más románticas y sensibles apuntillaba en Internet, donde podía estar al acecho, al igual que una leona a una gacela, de los acontecimientos sociales. Nada, o eso creía, se le pasaba a ella; no ocurría nada si ella no lo sabía y se lo tenía tan creído que si llegaba a suceder algo sin su consulta o, por lo menos, el haber llegado a sus oídos, ella intentaba, y muchas veces lo conseguía, que tal cosa fuera entendida por todos como algo hilarante o le quitaba importancia. Y si eso no ocurría, quienes estuvieran en ese trama delictiva eran considerados cómo parías, sinvergüenzas o alguna clasificación mucho más denigrante, que expulsaba por su boca de serpiente venenosa.
De carácter militar y nervios fríos. Nunca se emborrachó ni se drogó. No porque no quisiera, sino para poder captar mejor los hechos de los cuales podría jugar bajo su manga. Su cuerpo no era para nada bello o espectacular, lo más parecido a ella hubiera sido un animal de granja, aunque se consideraba una miss a la cual todo el mundo tenía que alabarla.
Era una aficionada a la literatura. Pero a la buena. A los libros de Crepúsculo o copias de ésta, como si fueran libros de caballería. Para ella todos los demás libros eran una mierda o un excremento de chino. Era tal su conexión con aquellos amores de película que sus lloriqueos llegaban desde las eras bajas del pueblo, donde vivía, hasta la zona alta del ayuntamiento y la plaza del pueblo. Para ella eran El Quijote de su tiempo, y éste era una mierda de libro, literatura barata propia de un palanganero de putas de Valladolid con su madre e hija vendiendo su cuerpo, lo cual ella desconocía toda esta información del autor. Cervantes, según su opinión de experta y señora de la materia, debió de dedicarse, como Pío Estrada, a bufón, cosa que en parte hizo en la corte de los Augsburgo, los cuales le trataban como un subnormal, lo cual también desconocía este dato.
Su círculo de druida social del pueblo eran sus dos amigas. La primera era Marcel Ciprés del Cráneo; tampoco de gran belleza, era la estratega, es decir, la policía, la perro que se encargaba de descubrir, como lo haría un investigador penoso, los datos de la vida comunitaria, pues para ellas todo era algo de interés social y comunal, y al pueblo había que informarlo de si la Domingo la han puesto los cuernos o si el Casimiro se va con la novia de tal o cual. La segunda era Mariantonieta de Burbón y Casteldelfels; hija de ricos pijos de altos modales e influencia, aunque sólo en el pueblo ya que fuera no los conocían ni sus propios familiares; la hija había salido a los padres con su discreción sólo de cara, pues luego era la peor de todas y quien controlaba a esas dos esbirros de ese mundo que era el vetusto pueblo.
Josefina, aún tan buena mujer, no tenía varón, novio o amigo especial en su vida. Por todos era sabido y nadie osaba hablar ni menos a sus espaldas, pues como un trasgo a quien lo hiciese lo atacaba. No tenía éxito amoroso y, según decía, no le importaba ya que todos los hombres actuales, ya que los únicos de verdad eran los de Crepúsculo, eran unos idiotas sin sentimientos, egoístas y malignos. Además ella no dependía de ningún varón.
Aún así, en verdad que buscaba un amor. Su primer intento fue con Jorge Roldaño; chico hijo de constructores y que consideraba al ladrillo una inversión segura, lo cual, claro, lo dijo antes de la Crisis; conquistador de corazones, se hacía llamar por todas las redes sociales, y tanto lo era que su única y última novia le había dejado por otro, lo cual lloró has que las lágrimas se le agotaron y empezó a sangrar por los ojos, aunque se autodefinía como un brabucón y guerrero magno ante la adversidad y los dilemas de la vida. Pero no tuvo éxito con él y con un fino argumento de galante, pues era una amiga, la rechazó: No fea. Ni aunque me hagas tomar 321 calimochos. Y era verdad, los tomó y aun más ciego que los de la Once la negó con un Quita bicho, Chewaka, fuera, cara felpudo. No se lo tomó a cuenta, estaba enamorado de la otra y aún con su belleza tanto interna como externa, no lo pudo conquistar.
Pero siguió, aunque decía no depender de varón y eran una sucia calaña a la que hay que capar, por mera existencia, aunque en realidad los odiaba porque la rechazaba. El segundo objetivo de su rifle del amor fue Aureliano Campoamores, uno de los figuras del pueblo, junto a su amigo el Piraña, que su aroma era la miel de todas las chicas de la comarca las cuales le olían desde 30km a la redonda. Era recibido como un famoso, es decir, a gritos de ¡Aí, lo qué te haría guapo!, Comeme to` y así hasta mil tópicos al más estilo camionero o obrero de construcción. Éste magnomen también la rechazó. No la dijo nada. Simplemente salió corriendo de ella, lo más disimuladamente, que fue irse al baño y encerrarse en él hasta que desapareciese ella. Pero ésta concluyó que lo había hipnotizado y no pudo con la presión de satisfacerla, a tal gran amante.
Pasaron miles de hombres, incluso los más desesperados, que prefirieron tirarse por el puente, lo cual provocó un montón de flores en su recuerdo, que ella interpretó como esos candados de amor que dejan los enamorados en los puentes. Los cadáveres se acumularon en el río y no pudieron quitarles, impidiendo que el cauce del río siguiera su buen curso. Y lo cual hizó que el río explotará y hiciera una riada que desesperó a la pobre Josefina que la inundó la casa y tuvo que tuvo que salir de su hogar, llorando.
Sus lágrimas fueron como regueros de pan, como los del cuento de Hansel y Gratel, por lo cual se sabía por dónde iba, preguntándose por qué aquello, si ella era perfecta. A partir de ese día fue denominada cómo la loca del amor y fue marcada, al igual que hacía la Inquisición a los herejes.
Pero todo ese infortunio no amedrentó a la santa varona y continuó, e incluso con más ahínco, su trabajo de periodista oral local del pueblo. Fue hasta más trabajadora y represora con los rebeldes de su libertad de prensa con ataques de los que denominaron cómo ataques de demagogia que ella desmentía: Es inútil. Es verdad y éste es un putero, un salido y un vago de capirote. Si el cacique del pueblo podía temer a alguien, además de a la familia Burbón, era a ésta. Y cuando subido a lo alto de su ayuntamiento para ver todo su pueblo, el cual pensaba que poseía, y veía a Josefina, él se escondía cómo pudiera por si algo que pudiera ésta decir podría de ser utilizado en su contra.
Su reinado del Terror, siendo ella la Robespierre del pueblo, fue el más largo y el más silencioso desde la época oscura del Medievo. Nadie osaba no someterse a su magna ley del conocimiento y si no colaboraban con sus armas de investigación o, lo que ella denominaba, de seducción, pasaba a la humillación de la hoguera del aislamiento y el odio a esa persona.
Pero había rebeldes. Un chico, subido al sueño de la automoción, llamado el Bujias no quiso decirla nada sobre el tema de Soraya, y bajo su orden, todos le dejaron en el anonimato a excepción del compasivo Piraña que fue a hablar con la Robespierre. Del asunto de chillidos sobre eso, se paso a los besos, y Piraña que estaba saliendo con Soraya la traicionó con la señora, como a veces la llamaban también. En secreto, se amaron . Nadie lo sabía, hasta que Bujias los vio. Éste lo contó delante del todo el pueblo y ella, antes de que nadie pudiera replicar, lo negó todo e insultó tanto a Bujias como a su amante. Ella, después, le dijo que era para aparentar, pero él no era de esos y estaba harto de ello, y decidió seguir con Soraya y dejar sus falsas y calurosas aventuras con esa serpiente pitón.
Y aprendida de episodios anteriores, no lloró una sola gota de lágrimas ante los demás. Pero en casa lloró y lloró hasta que llegó a llenar bañeras y limpiarse en baños de lágrimas. Nunca lo dijo. Ni ya anciana, cuando su reinado ya lo heredo su hija adoptiva, ya que nunca se casó ni se volvió a enamorar. Sus últimas palabras fueron: A la mierda el cornudo de Piraña. Ahí se muera entre su propia mierda. Y se murió en su cama, pues su pueblo era el mejor, único, y no iba a salir de él nunca, y por ello, cumpliendo con ello, dejó su cuerpo muerto en la cama de su hogar después de un terrible cáncer, que era curable y que era insoportable. El dolor y el odio como una bacteria la habían hecho fuerte a todo medicamente que atacara su palabra, y por ello murió sola, a excepción de su hija no biológica, pero que heredó toda su personalidad, lo más valiosa que podría haber heredado.
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