Miguel Lares
Poeta recién llegado
La vuelta pronta
Mi espera para descubrir mis palabras
dirigen deslucir su imagen describiéndola.
En un abrir y cerrar de ojos alborada,
fue la de una luz muy viva de los cinceles
en este punto de mi frase queda plantada,
la luna blanca gélida te perfuma de claveles.
El fuego de sus dos pupilas gimen bucólicas,
que me miraban con fijeza en desliz
estaba de pie al viento que arrullan melancólicas,
y ese momento y la hora llego y esa línea y su nariz.
Mi corazón golpeaba contra mi esperanza,
en grandes latidos acerbos de breñal
mis brazos tendidos hacia delante en lontananza,
por la mujer que vestía en sayal.
Y al par; que brota esa misma sonrisa,
la encontré revestida dulcemente en mí
dentro de poco las llamas de enerino flauteaban sin prisa,
sin perderse y otra vez alegre le vi.
La vuelta pronta acusaba jornada y lejana,
la fatiga te cogió con una sola dulzura
no da ya la marca de tus dedos inoportuna,
porque de igual manera invades divina blancura.
De la mujer al deseo se vuelve adictivo,
se vuelve una sensación,
que produce un encanto exquisito,
en un comportamiento vulgar,
pero a la vez tan bendito.
Mi espera para descubrir mis palabras
dirigen deslucir su imagen describiéndola.
En un abrir y cerrar de ojos alborada,
fue la de una luz muy viva de los cinceles
en este punto de mi frase queda plantada,
la luna blanca gélida te perfuma de claveles.
El fuego de sus dos pupilas gimen bucólicas,
que me miraban con fijeza en desliz
estaba de pie al viento que arrullan melancólicas,
y ese momento y la hora llego y esa línea y su nariz.
Mi corazón golpeaba contra mi esperanza,
en grandes latidos acerbos de breñal
mis brazos tendidos hacia delante en lontananza,
por la mujer que vestía en sayal.
Y al par; que brota esa misma sonrisa,
la encontré revestida dulcemente en mí
dentro de poco las llamas de enerino flauteaban sin prisa,
sin perderse y otra vez alegre le vi.
La vuelta pronta acusaba jornada y lejana,
la fatiga te cogió con una sola dulzura
no da ya la marca de tus dedos inoportuna,
porque de igual manera invades divina blancura.
De la mujer al deseo se vuelve adictivo,
se vuelve una sensación,
que produce un encanto exquisito,
en un comportamiento vulgar,
pero a la vez tan bendito.