Jesus Reina
Poeta asiduo al portal
En la tenue claridad muero,
Junto a la olvidada razón vivo,
Escribo y escribo. Sigues allí
Haciéndome llorar en seco,
lágrimas grises del alma.
Y me tienes aquí... Descalzo
Al filo del tú balcón filoso,
Mientras... sueles doler más,
Caen lágrimas transparentes...
Que escapan en serenidad.
Abres el vacío de mi voluntad,
Rompes el silencio avernal...
Deterioras y cortas mi aliento,
Brotando lágrimas azules...
Al derretir el hielo de mi nombre.
Agradable, tierno e imposible,
Rebotando mi cabeza al piso,
Juegan las letras conmigo.
Secando lágrimas rojo carmesí...
Emergen de las cercenadas venas.
Repito el mismo error masoquista,
Una y otra vez escucho la voz gutural
Que al soñar me llena de temor,
Inmóvil. Lágrimas ambarinas
Con sabor a "no lo hagas".
Denso... Muy denso el aire aquí
Apagando mis ojos que no te ven,
Que se niegan a funcionar en huelga,
Haciendo salir lágrimas blancas.
Muestras de la soledad que me inunda.
Cómodo, oigo el tintineo de la iglesia,
Recostado en el asiento de madera,
Y a la vista un obituario,
Qué me congoja y saca una lágrima negra,
En honor al haberte perdido para siempre.
Junto a la olvidada razón vivo,
Escribo y escribo. Sigues allí
Haciéndome llorar en seco,
lágrimas grises del alma.
Y me tienes aquí... Descalzo
Al filo del tú balcón filoso,
Mientras... sueles doler más,
Caen lágrimas transparentes...
Que escapan en serenidad.
Abres el vacío de mi voluntad,
Rompes el silencio avernal...
Deterioras y cortas mi aliento,
Brotando lágrimas azules...
Al derretir el hielo de mi nombre.
Agradable, tierno e imposible,
Rebotando mi cabeza al piso,
Juegan las letras conmigo.
Secando lágrimas rojo carmesí...
Emergen de las cercenadas venas.
Repito el mismo error masoquista,
Una y otra vez escucho la voz gutural
Que al soñar me llena de temor,
Inmóvil. Lágrimas ambarinas
Con sabor a "no lo hagas".
Denso... Muy denso el aire aquí
Apagando mis ojos que no te ven,
Que se niegan a funcionar en huelga,
Haciendo salir lágrimas blancas.
Muestras de la soledad que me inunda.
Cómodo, oigo el tintineo de la iglesia,
Recostado en el asiento de madera,
Y a la vista un obituario,
Qué me congoja y saca una lágrima negra,
En honor al haberte perdido para siempre.