Duende nocturno
Poeta recién llegado
Hola a todos. Este es mi primer mensaje, y por lo tanto mi primer poema por aquí, que espero no sea el último. No hace mucho que escribo, así que me encantaría que fueseis lo más críticos posible. Gracias.
Ves las lágrimas caer.
Las sientes en tu piel,
Y entonces te preguntas
¿por qué?
No dejas de pensar,
De recordar
Los momentos que pasaron,
Que quedaron olvidados, ¿o no?
Son ya tan lejanos
Antes había luz, sí,
Un sol más grande que el universo.
Antes había fe, sí,
Una esperanza, un optimismo inmenso.
El mundo era eterno
Solo con sus manos en tu pelo.
El cielo era infierno
Solo con sus labios en tu cuerpo.
Rogabas cada día
Por ver su sonrisa,
Por ver su cara una vez más.
¡Eso era alegría!
Tu aliento en su nuca.
Sus besos en tu piel.
Era todo lo que pedías.
¡Qué destino tan cruel!
Cegabas la oscuridad
¡Qué engaño¡
Y volvías la mirada,
Ocultando el daño
Pero tus ojos,
Morados
Ahogados
Delataron con un grito
El dolor y el cansancio
No dejaste de convencerte
De que vuestras almas, perdidas,
Quedaron en un lejano camino
Por siempre, jamás, unidas.
Y ese camino que juntos emprendisteis,
Tan lleno siempre de piedras afiladas,
Tan lleno siempre de zarzas enredadas,
Fue un alto precipicio por el cual caíste.
Cayendo
tan lentamente
Muriendo
tan silenciosamente
Como una rosa, que llegado el invierno
Olvidó por qué antes era hermosa,
Y que al oscuro y frío cieno desechó,
Su sedosa piel de color averno.
Como una cascada, que llegado el verano
Olvidó el por qué de su cañada,
Y que hacia el anhelante cielo voló
Ya harta cansada de su caída continuada.
Y aquí, entre sombras de carbón,
Recuerdas los recuerdos del dolor,
Dañando aún más los pocos pedazos
Que quedan de tu corazón
Y ves las lágrimas caer,
Las sientes en tu piel,
Y te preguntas
¿por qué?
Ves las lágrimas caer.
Las sientes en tu piel,
Y entonces te preguntas
¿por qué?
No dejas de pensar,
De recordar
Los momentos que pasaron,
Que quedaron olvidados, ¿o no?
Son ya tan lejanos
Antes había luz, sí,
Un sol más grande que el universo.
Antes había fe, sí,
Una esperanza, un optimismo inmenso.
El mundo era eterno
Solo con sus manos en tu pelo.
El cielo era infierno
Solo con sus labios en tu cuerpo.
Rogabas cada día
Por ver su sonrisa,
Por ver su cara una vez más.
¡Eso era alegría!
Tu aliento en su nuca.
Sus besos en tu piel.
Era todo lo que pedías.
¡Qué destino tan cruel!
Cegabas la oscuridad
¡Qué engaño¡
Y volvías la mirada,
Ocultando el daño
Pero tus ojos,
Morados
Ahogados
Delataron con un grito
El dolor y el cansancio
No dejaste de convencerte
De que vuestras almas, perdidas,
Quedaron en un lejano camino
Por siempre, jamás, unidas.
Y ese camino que juntos emprendisteis,
Tan lleno siempre de piedras afiladas,
Tan lleno siempre de zarzas enredadas,
Fue un alto precipicio por el cual caíste.
Cayendo
tan lentamente
Muriendo
tan silenciosamente
Como una rosa, que llegado el invierno
Olvidó por qué antes era hermosa,
Y que al oscuro y frío cieno desechó,
Su sedosa piel de color averno.
Como una cascada, que llegado el verano
Olvidó el por qué de su cañada,
Y que hacia el anhelante cielo voló
Ya harta cansada de su caída continuada.
Y aquí, entre sombras de carbón,
Recuerdas los recuerdos del dolor,
Dañando aún más los pocos pedazos
Que quedan de tu corazón
Y ves las lágrimas caer,
Las sientes en tu piel,
Y te preguntas
¿por qué?