Días de soledad y hastío,
como tantas tardes,
como tantas noches,
pasaba las horas el poeta
sentado en el porche de su cabaña
junto a su perro fiel
(Inseparable amigo).
Horas de tardes claras,
horas de noches serenas y calladas,
tan solo el latir de su corazón
se oía en el porche de la cabaña.
Se sentía el bardo como un jardín sin aromas,
como un cielo sin pájaros o
un rosal sin rosas
al no hallar inspiración.
Una tarde clara (como tantas),
sumido en pena y desesperación,
cuando el eco del ocaso
peinaba el prado que rodeaba su cabaña y
los pajarillos aun revoloteaban…
salió a caminar el poeta.
Vio una solitaria rosa que elegante erguía su tallo y
desnudaba su corola abriendo sus pétalos.
Se agachó para inhalar su aroma y
de sus ojos… brotó una lágrima.
Brotó porque esa fragancia,
le recordó a la primera rosa
que en una gélida tarde de invierno
le regaló a su esposa.
Volvió el trovador a la cabaña
con el aroma clavado en sus entrañas y
se adentró en silencio…
para llorar asolas.
Luis Prieto Espinosa
Derechos reservados 13/08/2014
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