Évano
Libre, sin dioses.
Castro está en lo alto de un monte. Es una aldea de una veintena de viejas casas de piedra, de anchas paredes y tejados de pizarra; de chimenea para cocina de leña obligada y pocas y estrechas ventanas. En una de ellas, una que se descuelga casi ladera abajo, como intentando ver a un río que se oculta entre millares de robles en el fondo del angosto valle y que susurra una canción desesperada de aguas llorosas desde hace millones de años, vive Héctor, un hombre de casi medio siglo, robusto, de barba entrecana y en el cuello la señal morada y sangrienta que le queda a uno que lo hubieran descolgado de la horca. Tiene el rostro dividido por una profunda cicatriz, como si le partiera por la mitad toda la cabeza.
Su vida diaria corresponde a cualquier jornada del medievo: dar de comer a gallinas, conejos, a los dos cerdos y al par de vacas. Luego a sembrar, ahora que es primavera. Más adelante, en el otoño, cortará leña para pasar las nieves del invierno, almacenará alpacas de cebada, carnes y truchas secas; mermeladas de frutas y frutos secos.
No hay nadie más en la aldea, la peste se llevó al resto de los habitantes. Con ella viajaron a la muerte las dos hijas, la mujer y la madre.
Hace más de una década que no visita nadie esos parajes. La caza y los peces abundan por ello.
En los anocheceres se sienta en una gran roca que sobresale al abismo de la montaña, junto a su vieja casa, y mueve las piernas mientras otea a un horizonte golpeado brutalmente por la diosa naturaleza; se entretiene y se pregunta adónde irán y de dónde vendrán esas nubes a veces enfadadas, otras cálidas y blancas. Siente allí a los rayos del sol que caen por sus espaldas mientras cree que la vista le engaña en los anocheceres con el humo de las casas elevándose a los cielos de los poblados lejanos, de los de la ribera, de los que descansan al lado del río y en las cimas colindantes. Pero él sabe que no vive nadie. Ha recorrido las aldeas una por una y nadie pudo entrar porque Castro es la única puerta de los montes del condado, ya sin señor feudal, sin vasallos, sin gentes.
Pero ve el humo emanar de las chimeneas y oye unos ruidos extraños, como pequeños truenos temblorosos, entrecortados; y unas voces raras, un habla que no reconoce.
*****
David sube cada día a Castro dando un paseo. Observa los adoquines y sus musgos adheridos; la soledad y el silencio de las callejas; la pequeña y destartalada iglesia, los techos caídos, las piedras que yacen a los pies de sus antiguas estructuras.
Escucha el canto de gorriones, golondrinas; el cloqueo de la pareja de cigüeñas que hacen malabarismos para no caer del nido del casi derruido campanario.
A David le parece que le observan, que respiran a su alrededor, sobretodo en esa caserío destartalado que casi se descuelga ladera abajo. Siente un frío repentino cuando eso ocurre y todo su cuerpo tiembla un instante, pero luego siente una paz que no sabría cómo llamarla. Por ello visita cada día a la deshabitada aldea de Castro.
*****
Hoy, de repente, mientras Héctor dormía, han arribado a la aldea tres mujeres. Se han instalado en una de las casas cercanas a la suya, la que está más cerca de la iglesia. Ha ido a observarlas escondiéndose por las esquinas para no ser visto. Piensa que pueden ser brujas que huyen de la Santa Inquisición.
Las tres mujeres sacaron los pocos muebles que guardaba la casa. A penas una mesa y cuatro sillas de madera de roble mal tallada y ligadas con esparto, y una cesta para las escasas ropas; unos estantes de tablas carcomidas y unos cuantos aperos de cocina y labranza. Lo han amontonado enfrente, en la pequeña plaza que separa la iglesia de la puerta delantera de la vivienda ocupada. Luego se han desnudado e incendiado la pira. Junto al pozo trasero del jardín de su ahora nuevo hogar. Entre las malas hierbas crecidas a su antojo, se han bañado meticulosamente, a base de arrojarse cubos unas a otras, en silencio, sin emitir queja alguna, a pesar de lo frío del agua subterránea que recoge el pozo construido con cantos rodados.
Héctor todavía no ha oído hablar a ninguna de ellas. Ahora huelen bien, se ha dicho Héctor, no como antes, que olían a muerto, a ceniza, a sudor, a prisas.
Las tres mujeres saben que hay alguien en la aldea, por los mugidos de vacas, por las gallinas; pero también porque sintieron el olor y la presencia de un hombre. Aún así actuaron como si estuviesen solas, despreocupadas del mundo.
*****
Hoy a David le huele a Hollín la aldea de Castro, a hoguera. Nota más fríos repentinos y la paz ya no es como los días anteriores. La siente nerviosa, que viene y va, que lo esquiva, como un sosiego que quiere escapar del paisaje que lo cerca.
Hace tiempo que no fuma, pero siempre lleva un paquete de tabaco en el bolsillo de la camisa, y un mechero. De esta manera la ansiedad no le vence porque sabe que cuando quiera tendrá a mano la droga que lo ha debilitado durante más de treinta años.
Las presencias extrañas las ha notado más presentes que nunca, por lo que encendió un cigarrillo mientras paseaba por cada rincón de la aldea.
Anochecía y salió corriendo monte abajo con la sensación de ser perseguido por sombras, por algo.
Tropezó con las raíces que sobresalían de un enorme roble y se golpeó la cabeza con una roca que emergía de la tierra, quedando inconsciente.
*****
Héctor dormía sobre un lecho de cuatro tablas con paja, cubierto con una manta rota y deshilachada. La luz de luna se colaba por entre las hendiduras de la rota ventana.
En sus sueños, tres brujas desnudas tarareaban alrededor de la cama donde yacía lo que le parecía ser un hechizo. Una de ellas, de larga cabellera pelirroja y nariz levemente curvada y puntiaguda, le refregaba por todo el cuerpo un ungüento que le traía a la mente el olor de la peste.
Cesaron los cánticos y sintió su miembro erecto. Todo él estaba desnudo, aceitoso. Las brujas se tornaban para ser penetradas, de rodillas sobre un Héctor inmóvil. Alzaban los brazos, lo cabalgaban frenéticamente dando alaridos al llegar al orgasmo.
Los rayos de la luna entraban ahora de pleno por una ventana abierta de par en par. Los aullidos de los lobos se mezclaban con los de las brujas; los sudores, con el potingue maloliente.
Héctor despertó con el relente de la noche y se acercó a observarla desde la ventana.
Vio desde allí luces en la casa de las tres mujeres, de las tres brujas. Se acordaba del sueño, si es que había sido un sueño. Se palpó el cuerpo. Estaba seco. Recordó que al término de la orgía, después de acabar el ritual, lo secaron con hojas y ramas de estramonio. Aún olía a ellas y el pene continuaba arrojando fuera de él el fruto del hombre. Los lobos ya no aullaban. El ulular del viento y los búhos; el croar de las ranas y del gallo; el correteo del río y el mecer de las ramas, tomaron el relevo a los aullidos de los lobos. Se meció la barba, se acarició los pelos del pecho y los muslos.
El alba se haría pronto, por lo que encendió la leña de la chimenea de la cocina y desayunó un gran tazón de leche con pan, tocino y queso. Luego puso en una cesta lo suficiente de estos alimentos para tres personas y se dirigió a dar la bienvenida a sus nuevas y únicas vecinas.
Empujó la puerta y entró. Las tres dormían acurrucadas entre sí, en un suelo tan desnudo como ellas, encima de unas pocas pajas. El fuego cercano rodeado por un círculo de piedras se sustentaba a penas por las brasas moribundas.
Dejó la comida traída cerca de las brasas. Se desvistió del sayo, pantalones y calzado y se unió a la desnudez de las tres mujeres que dormitaban.
*****
David despertó como si no pesara.
La luz de la luna rompía la oscuridad de la noche. Miró a las enormes raíces sobresalientes del roble, y al cuerpo tendido un poco más allá, a la sangre seca que le había marcado el cauce del rostro, ahora quieto, como un diminuto río de hielo rojo que le partía la cara y la cabeza en dos mitades, como diferenciando y separando los dos hemistiquios del cerebro para siempre, para toda la eternidad.
Se acercó al hombre inerte y vio que era él mismo, respirando, no sabría si moribundo.
Intentó despertarlo, pero sus manos traspasaban toda materia. Oyó alaridos y aullidos de lobos que provenían de Castro.
Subió la ladera y abrió la ventana de la casa donde surgían los gritos y ese cántico extraño. Tres mujeres rodeaban el lecho de un hombre robusto de barba entrecana y de unos ojos abiertos que miraban a las vigas de madera que sujetaban al tejado de pizarras medio caídas. El rostro del hombre violado en el lecho no parpadeaba ni daba la impresión que se diera cuenta de lo que allí ocurría; expresaba placer y preocupación mientras se turnaban las mujeres para montarlo, para cabalgarlo alocadamente mientras se besaban y acariciaban, mientras se mordían y sangraban. El hombre sólo pareciera un objeto para el placer de las féminas.
Se acercó al aquelarre y de pronto giraron las cabezas de golpe hacia él, riendo en histéricas carcajadas. Lo agarraron de los brazos y lo tumbaron junto al hombre de los párpados quietos e hicieron lo mismo con él.
David se marchó con las brujas al acabar el aquelarre y se tumbó junto a ellas en un suelo tan desnudo como las mujeres, cerca de una hoguera que ya vivía tan solo por unas llamas debilitadas.
*****
La luz del crepúsculo de la mañana rompía a la oscuridad de la noche cuando entraba Héctor con leche, queso, pan y tocino. No veía a un David que también estaba entre los cuerpos de las brujas cuando se unió a ellas. Tampoco al despertar notaron la presencia de David, ninguno, ni las brujas ni el hombre de barba entrecana, aunque sí creían que "algo" les observaba, que "algo más" estaba allí con ellos.
*****
David estuvo todo el día al lado de las tres brujas y Héctor, como un fantasma venido del futuro, como un ente perdido en el tiempo y el espacio, un ánima presentida pero obnubilada por la luz del sol, un alma vagabunda e incomprendida que se arrastraba junto a las sombras de un Héctor aturdido cuando vio de cerca quiénes eran a las tres brujas. Eran su mujer y sus hijas.
Al arribar la oscuridad, David era un ente al que veían y palpaban, pero no Héctor, este sólo intuía la presencia espiritual de un hombre muy diferente a él. Al llegar las noches tornaban los aquelarres, las orgías, los bocados, los latigazos... la sangre bebible, los aullidos de los lobos y los rayos de una luna tan roja como el roto corazón del hombre de la barba blanquecina, como las lágrimas sangrientas del marido y el padre de las brujas, ese diablo de barba blanquecina que no comprendía que se hallaba en el infierno más cruel.
Al día siguiente del accidente, David bajó adonde aún yacía su cuerpo. Las luces y sirenas lo atrajeron. Observó cómo la Cruz Roja lo transportaba en camilla y oyó a un enfermero decirle a otro que estaba en coma, que había perdido mucha sangre y el golpe parecía feo, muy feo.
Los dejó marchar y volvió a Castro. Sabía que si se hubiese ido con su cuerpo algún día hubiera despertado en su mundo y en su tiempo. ¿Para qué?, pensó.
Su vida diaria corresponde a cualquier jornada del medievo: dar de comer a gallinas, conejos, a los dos cerdos y al par de vacas. Luego a sembrar, ahora que es primavera. Más adelante, en el otoño, cortará leña para pasar las nieves del invierno, almacenará alpacas de cebada, carnes y truchas secas; mermeladas de frutas y frutos secos.
No hay nadie más en la aldea, la peste se llevó al resto de los habitantes. Con ella viajaron a la muerte las dos hijas, la mujer y la madre.
Hace más de una década que no visita nadie esos parajes. La caza y los peces abundan por ello.
En los anocheceres se sienta en una gran roca que sobresale al abismo de la montaña, junto a su vieja casa, y mueve las piernas mientras otea a un horizonte golpeado brutalmente por la diosa naturaleza; se entretiene y se pregunta adónde irán y de dónde vendrán esas nubes a veces enfadadas, otras cálidas y blancas. Siente allí a los rayos del sol que caen por sus espaldas mientras cree que la vista le engaña en los anocheceres con el humo de las casas elevándose a los cielos de los poblados lejanos, de los de la ribera, de los que descansan al lado del río y en las cimas colindantes. Pero él sabe que no vive nadie. Ha recorrido las aldeas una por una y nadie pudo entrar porque Castro es la única puerta de los montes del condado, ya sin señor feudal, sin vasallos, sin gentes.
Pero ve el humo emanar de las chimeneas y oye unos ruidos extraños, como pequeños truenos temblorosos, entrecortados; y unas voces raras, un habla que no reconoce.
*****
David sube cada día a Castro dando un paseo. Observa los adoquines y sus musgos adheridos; la soledad y el silencio de las callejas; la pequeña y destartalada iglesia, los techos caídos, las piedras que yacen a los pies de sus antiguas estructuras.
Escucha el canto de gorriones, golondrinas; el cloqueo de la pareja de cigüeñas que hacen malabarismos para no caer del nido del casi derruido campanario.
A David le parece que le observan, que respiran a su alrededor, sobretodo en esa caserío destartalado que casi se descuelga ladera abajo. Siente un frío repentino cuando eso ocurre y todo su cuerpo tiembla un instante, pero luego siente una paz que no sabría cómo llamarla. Por ello visita cada día a la deshabitada aldea de Castro.
*****
Hoy, de repente, mientras Héctor dormía, han arribado a la aldea tres mujeres. Se han instalado en una de las casas cercanas a la suya, la que está más cerca de la iglesia. Ha ido a observarlas escondiéndose por las esquinas para no ser visto. Piensa que pueden ser brujas que huyen de la Santa Inquisición.
Las tres mujeres sacaron los pocos muebles que guardaba la casa. A penas una mesa y cuatro sillas de madera de roble mal tallada y ligadas con esparto, y una cesta para las escasas ropas; unos estantes de tablas carcomidas y unos cuantos aperos de cocina y labranza. Lo han amontonado enfrente, en la pequeña plaza que separa la iglesia de la puerta delantera de la vivienda ocupada. Luego se han desnudado e incendiado la pira. Junto al pozo trasero del jardín de su ahora nuevo hogar. Entre las malas hierbas crecidas a su antojo, se han bañado meticulosamente, a base de arrojarse cubos unas a otras, en silencio, sin emitir queja alguna, a pesar de lo frío del agua subterránea que recoge el pozo construido con cantos rodados.
Héctor todavía no ha oído hablar a ninguna de ellas. Ahora huelen bien, se ha dicho Héctor, no como antes, que olían a muerto, a ceniza, a sudor, a prisas.
Las tres mujeres saben que hay alguien en la aldea, por los mugidos de vacas, por las gallinas; pero también porque sintieron el olor y la presencia de un hombre. Aún así actuaron como si estuviesen solas, despreocupadas del mundo.
*****
Hoy a David le huele a Hollín la aldea de Castro, a hoguera. Nota más fríos repentinos y la paz ya no es como los días anteriores. La siente nerviosa, que viene y va, que lo esquiva, como un sosiego que quiere escapar del paisaje que lo cerca.
Hace tiempo que no fuma, pero siempre lleva un paquete de tabaco en el bolsillo de la camisa, y un mechero. De esta manera la ansiedad no le vence porque sabe que cuando quiera tendrá a mano la droga que lo ha debilitado durante más de treinta años.
Las presencias extrañas las ha notado más presentes que nunca, por lo que encendió un cigarrillo mientras paseaba por cada rincón de la aldea.
Anochecía y salió corriendo monte abajo con la sensación de ser perseguido por sombras, por algo.
Tropezó con las raíces que sobresalían de un enorme roble y se golpeó la cabeza con una roca que emergía de la tierra, quedando inconsciente.
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Héctor dormía sobre un lecho de cuatro tablas con paja, cubierto con una manta rota y deshilachada. La luz de luna se colaba por entre las hendiduras de la rota ventana.
En sus sueños, tres brujas desnudas tarareaban alrededor de la cama donde yacía lo que le parecía ser un hechizo. Una de ellas, de larga cabellera pelirroja y nariz levemente curvada y puntiaguda, le refregaba por todo el cuerpo un ungüento que le traía a la mente el olor de la peste.
Cesaron los cánticos y sintió su miembro erecto. Todo él estaba desnudo, aceitoso. Las brujas se tornaban para ser penetradas, de rodillas sobre un Héctor inmóvil. Alzaban los brazos, lo cabalgaban frenéticamente dando alaridos al llegar al orgasmo.
Los rayos de la luna entraban ahora de pleno por una ventana abierta de par en par. Los aullidos de los lobos se mezclaban con los de las brujas; los sudores, con el potingue maloliente.
Héctor despertó con el relente de la noche y se acercó a observarla desde la ventana.
Vio desde allí luces en la casa de las tres mujeres, de las tres brujas. Se acordaba del sueño, si es que había sido un sueño. Se palpó el cuerpo. Estaba seco. Recordó que al término de la orgía, después de acabar el ritual, lo secaron con hojas y ramas de estramonio. Aún olía a ellas y el pene continuaba arrojando fuera de él el fruto del hombre. Los lobos ya no aullaban. El ulular del viento y los búhos; el croar de las ranas y del gallo; el correteo del río y el mecer de las ramas, tomaron el relevo a los aullidos de los lobos. Se meció la barba, se acarició los pelos del pecho y los muslos.
El alba se haría pronto, por lo que encendió la leña de la chimenea de la cocina y desayunó un gran tazón de leche con pan, tocino y queso. Luego puso en una cesta lo suficiente de estos alimentos para tres personas y se dirigió a dar la bienvenida a sus nuevas y únicas vecinas.
Empujó la puerta y entró. Las tres dormían acurrucadas entre sí, en un suelo tan desnudo como ellas, encima de unas pocas pajas. El fuego cercano rodeado por un círculo de piedras se sustentaba a penas por las brasas moribundas.
Dejó la comida traída cerca de las brasas. Se desvistió del sayo, pantalones y calzado y se unió a la desnudez de las tres mujeres que dormitaban.
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David despertó como si no pesara.
La luz de la luna rompía la oscuridad de la noche. Miró a las enormes raíces sobresalientes del roble, y al cuerpo tendido un poco más allá, a la sangre seca que le había marcado el cauce del rostro, ahora quieto, como un diminuto río de hielo rojo que le partía la cara y la cabeza en dos mitades, como diferenciando y separando los dos hemistiquios del cerebro para siempre, para toda la eternidad.
Se acercó al hombre inerte y vio que era él mismo, respirando, no sabría si moribundo.
Intentó despertarlo, pero sus manos traspasaban toda materia. Oyó alaridos y aullidos de lobos que provenían de Castro.
Subió la ladera y abrió la ventana de la casa donde surgían los gritos y ese cántico extraño. Tres mujeres rodeaban el lecho de un hombre robusto de barba entrecana y de unos ojos abiertos que miraban a las vigas de madera que sujetaban al tejado de pizarras medio caídas. El rostro del hombre violado en el lecho no parpadeaba ni daba la impresión que se diera cuenta de lo que allí ocurría; expresaba placer y preocupación mientras se turnaban las mujeres para montarlo, para cabalgarlo alocadamente mientras se besaban y acariciaban, mientras se mordían y sangraban. El hombre sólo pareciera un objeto para el placer de las féminas.
Se acercó al aquelarre y de pronto giraron las cabezas de golpe hacia él, riendo en histéricas carcajadas. Lo agarraron de los brazos y lo tumbaron junto al hombre de los párpados quietos e hicieron lo mismo con él.
David se marchó con las brujas al acabar el aquelarre y se tumbó junto a ellas en un suelo tan desnudo como las mujeres, cerca de una hoguera que ya vivía tan solo por unas llamas debilitadas.
*****
La luz del crepúsculo de la mañana rompía a la oscuridad de la noche cuando entraba Héctor con leche, queso, pan y tocino. No veía a un David que también estaba entre los cuerpos de las brujas cuando se unió a ellas. Tampoco al despertar notaron la presencia de David, ninguno, ni las brujas ni el hombre de barba entrecana, aunque sí creían que "algo" les observaba, que "algo más" estaba allí con ellos.
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David estuvo todo el día al lado de las tres brujas y Héctor, como un fantasma venido del futuro, como un ente perdido en el tiempo y el espacio, un ánima presentida pero obnubilada por la luz del sol, un alma vagabunda e incomprendida que se arrastraba junto a las sombras de un Héctor aturdido cuando vio de cerca quiénes eran a las tres brujas. Eran su mujer y sus hijas.
Al arribar la oscuridad, David era un ente al que veían y palpaban, pero no Héctor, este sólo intuía la presencia espiritual de un hombre muy diferente a él. Al llegar las noches tornaban los aquelarres, las orgías, los bocados, los latigazos... la sangre bebible, los aullidos de los lobos y los rayos de una luna tan roja como el roto corazón del hombre de la barba blanquecina, como las lágrimas sangrientas del marido y el padre de las brujas, ese diablo de barba blanquecina que no comprendía que se hallaba en el infierno más cruel.
Al día siguiente del accidente, David bajó adonde aún yacía su cuerpo. Las luces y sirenas lo atrajeron. Observó cómo la Cruz Roja lo transportaba en camilla y oyó a un enfermero decirle a otro que estaba en coma, que había perdido mucha sangre y el golpe parecía feo, muy feo.
Los dejó marchar y volvió a Castro. Sabía que si se hubiese ido con su cuerpo algún día hubiera despertado en su mundo y en su tiempo. ¿Para qué?, pensó.
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