Las charcas de la vida
Me puedo tender en la charca de agua en mi cama
y esperar hasta que se levante mi cuerpo,
y sentirme, en medio de un cuajo de puro pellejo
adoquinado hasta en el alma.
Le suelo retar a la luz que se posa en mi iris
poniéndole mis mejores sonrisas
hasta que pestañee y le demuestre que soy yo
el que puede darle intermitencia a su lozanía.
Puedo sentarme al borde, de una cama acarada
y desprenderme como zancudo de algunos bichos
que están sobre mí, y no los recuerdo
como si fuera un dios azulado de perlas.
Me puedo frotar las manos, con la mirada,
perdida en los cuadros de mi resaca
y levantar mi barbilla sobre ellos
en un ángulo en que les sea imposible
leerme la vida, y la muerte de mis células.
Me puedo verter, como si fuera mi sangre
en un recipiente, en las manos de un hombre
deseando que sea inteligente, y decante mis años
probando en una piedad, el sabor de mi vida.
Puedo levantar mi rostro e intentar
de una manera disuasiva, despertar las estrellas,
las que creo yo, están dormidas
con el ruido generoso de todas mis palmas.