Khar Asbeel
Poeta fiel al portal
En las grietas más profundas
de los muros pringados de humo y miseria,
oculté uno por uno,
trozos sangrantes de mi alma profana,
para huir del ardor
de la noche inquisitorial
y la burla de la viga ajena sobre mi ojo gélido.
Oculte mis pasos
en la sombra fantasmal de los gatos,
(hijos indómitos de la luna regente)
para evitar la guadaña de la culpa
que nace en manos extrañas
y se vuelve lepra acunada por el viento.
Le pregunte mi nombre al concilio de las ratas,
busque mi rostro en las charcas de sangre,
tejí profecías en la piel de las putas,
sentí la tristeza del cadáver sin lápida,
bebí la demencia del ebrio caído,
encontré calor en los perros hambrientos,
conté los gusanos del dios insepulto.
La ciudad es floresta de luces rotas
y carne estremecida,
que se sabe fruto pútrido en jardines mustios,
donde ángeles de alas mutiladas
pululan entre autos, humo y vómitos.
El cielo enrojece enfurecido
ante la sandez insolente de nuestro rostro
pintado por mil fruslerías
que coronamos como dogma y verdad.
Y yo paso entre la mascarada de espectros,
aturdido por la música de Erich Zann
y el carnaval de almas aullantes,
maldiciendo sol y luna
por su eternidad, lejana e inconmovible.
Huyo de mi sombra y del viento
para perderme entre los gritos y espasmos
de esta ciudad enraizada al desatino,
y disolver mis ansias enrojecidas
en la abulia cómoda y suicida
de la manada ciega y tumefacta.
Perdere mi rostro para esquivar la Muerte.
En las grietas más profundas
de los muros tambaleantes,
oculté migajas de mi conciencia rota,
para olvidar lo que fue
y entender lo que no seré,
dejando retazos de piel
para arropar el frío de las ratas
y mi carne disoluta
para comunión de los locos y poetas.
Me disgrego en volandas de aves
para escapar del rigor de la mortaja.
de los muros pringados de humo y miseria,
oculté uno por uno,
trozos sangrantes de mi alma profana,
para huir del ardor
de la noche inquisitorial
y la burla de la viga ajena sobre mi ojo gélido.
Oculte mis pasos
en la sombra fantasmal de los gatos,
(hijos indómitos de la luna regente)
para evitar la guadaña de la culpa
que nace en manos extrañas
y se vuelve lepra acunada por el viento.
Le pregunte mi nombre al concilio de las ratas,
busque mi rostro en las charcas de sangre,
tejí profecías en la piel de las putas,
sentí la tristeza del cadáver sin lápida,
bebí la demencia del ebrio caído,
encontré calor en los perros hambrientos,
conté los gusanos del dios insepulto.
La ciudad es floresta de luces rotas
y carne estremecida,
que se sabe fruto pútrido en jardines mustios,
donde ángeles de alas mutiladas
pululan entre autos, humo y vómitos.
El cielo enrojece enfurecido
ante la sandez insolente de nuestro rostro
pintado por mil fruslerías
que coronamos como dogma y verdad.
Y yo paso entre la mascarada de espectros,
aturdido por la música de Erich Zann
y el carnaval de almas aullantes,
maldiciendo sol y luna
por su eternidad, lejana e inconmovible.
Huyo de mi sombra y del viento
para perderme entre los gritos y espasmos
de esta ciudad enraizada al desatino,
y disolver mis ansias enrojecidas
en la abulia cómoda y suicida
de la manada ciega y tumefacta.
Perdere mi rostro para esquivar la Muerte.
En las grietas más profundas
de los muros tambaleantes,
oculté migajas de mi conciencia rota,
para olvidar lo que fue
y entender lo que no seré,
dejando retazos de piel
para arropar el frío de las ratas
y mi carne disoluta
para comunión de los locos y poetas.
Me disgrego en volandas de aves
para escapar del rigor de la mortaja.
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