BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Donde la fiebre oculta sus manos amarillas
y fulge el ímpetu de las flores nocturnas que
pueblan los caserones. El olvido, la alternancia
de ruido y silencio, la mancha equipada de sexo
y miseria, la cáscara brutal de un mañana sin mañana,
todo, se me aparece definitivamente, corcho hundido
en el agua. Son flores amarillas los grandes párpados
derruidos al borde de los caminos, que caen cimeros
y enérgicos sobre la mayor parte de los hospitales retraídos.
Son intensidades diferentes con voces de esparto
los grandes ídolos caídos en la brutalidad del áspero deseo:
mueren como avispas, como abejas dentro de un tonel,
o como moscas rituales en su danza macabra de sexo y liturgia.
Las hojas mordisqueadas y los graves saltamontes que las muerden,
son ahora la compañía única allá donde no existen
leyes ni normas inclusivas.
Saboreo yo también el tonel de las avispas ahogadas,
la miel desprovista de adhesivo de la madera y el corcho.
Me estremezco con la lengua a su contacto astringente.
Me comen las manos y los pies, quizás esas pequeñas piernas
que tienen los testículos antes de ser devorados o deglutidos,
donde allí me nutren de envoltorios sublimes.
Como en túneles de jugos y néctares, juego yo a la broma
disoluta del día con su encuentro nocturno. Ocaso:
síntoma de agua como un ala desvanecida.
©
y fulge el ímpetu de las flores nocturnas que
pueblan los caserones. El olvido, la alternancia
de ruido y silencio, la mancha equipada de sexo
y miseria, la cáscara brutal de un mañana sin mañana,
todo, se me aparece definitivamente, corcho hundido
en el agua. Son flores amarillas los grandes párpados
derruidos al borde de los caminos, que caen cimeros
y enérgicos sobre la mayor parte de los hospitales retraídos.
Son intensidades diferentes con voces de esparto
los grandes ídolos caídos en la brutalidad del áspero deseo:
mueren como avispas, como abejas dentro de un tonel,
o como moscas rituales en su danza macabra de sexo y liturgia.
Las hojas mordisqueadas y los graves saltamontes que las muerden,
son ahora la compañía única allá donde no existen
leyes ni normas inclusivas.
Saboreo yo también el tonel de las avispas ahogadas,
la miel desprovista de adhesivo de la madera y el corcho.
Me estremezco con la lengua a su contacto astringente.
Me comen las manos y los pies, quizás esas pequeñas piernas
que tienen los testículos antes de ser devorados o deglutidos,
donde allí me nutren de envoltorios sublimes.
Como en túneles de jugos y néctares, juego yo a la broma
disoluta del día con su encuentro nocturno. Ocaso:
síntoma de agua como un ala desvanecida.
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