Nat Guttlein
さん
Admirando la brisa que se cuela en mi ventana,
aquella que penetra profundo en mí piel,
que resbala entre mis cabellos
y hace danzar las sábanas.
He descubierto,
en cada herida que pintan mis paredes
y todos los bocetos de tus mejillas,
que siempre seré aquello que no fue,
el nombre que jamás dijiste,
el paisaje que nunca contemplaste,
el secreto que no te atreviste a revelar,
las horas de sueño que siempre perdiste,
la marca que nunca mostraste,
y el romance que vislumbrabas a flor de piel
en cada poesía
y que no te arriesgaste a cuidar.
En el reflejo que me regala el vidrio y sus gotas,
puedo ver todas las expresiones que vieron mis ojos,
las mariposas que se asfixiaron en mi ombligo,
los arcoíris que se volvieron tempestades,
las puestas de sol que la noche se tragó,
las lunas llenas que me arrebataron secretos,
todos los libros que acallaron mis lamentos,
y las tantas tazas de café,
que me saben a tus cigarrillos,
cuyo sabor amargo se trepa por mi garganta,
y termina en un lamento silencioso.
El sabor metálico que trepa por mis venas,
los tatuajes que se tejen en mis muñecas,
el frío seco del baño
y tu perfume burlándose de mí en cada azulejo.
Aún poseo tu cepillo de dientes como altar,
a todas las cosas que nunca vieron la luz,
a todas las fotografías que no captó ninguna cámara
y a las demás nostalgias que suenan en la radio,
las que flotan entre mi cielo,
que rasgan mi ropero
y aún así,
no entierro.
aquella que penetra profundo en mí piel,
que resbala entre mis cabellos
y hace danzar las sábanas.
He descubierto,
en cada herida que pintan mis paredes
y todos los bocetos de tus mejillas,
que siempre seré aquello que no fue,
el nombre que jamás dijiste,
el paisaje que nunca contemplaste,
el secreto que no te atreviste a revelar,
las horas de sueño que siempre perdiste,
la marca que nunca mostraste,
y el romance que vislumbrabas a flor de piel
en cada poesía
y que no te arriesgaste a cuidar.
En el reflejo que me regala el vidrio y sus gotas,
puedo ver todas las expresiones que vieron mis ojos,
las mariposas que se asfixiaron en mi ombligo,
los arcoíris que se volvieron tempestades,
las puestas de sol que la noche se tragó,
las lunas llenas que me arrebataron secretos,
todos los libros que acallaron mis lamentos,
y las tantas tazas de café,
que me saben a tus cigarrillos,
cuyo sabor amargo se trepa por mi garganta,
y termina en un lamento silencioso.
El sabor metálico que trepa por mis venas,
los tatuajes que se tejen en mis muñecas,
el frío seco del baño
y tu perfume burlándose de mí en cada azulejo.
Aún poseo tu cepillo de dientes como altar,
a todas las cosas que nunca vieron la luz,
a todas las fotografías que no captó ninguna cámara
y a las demás nostalgias que suenan en la radio,
las que flotan entre mi cielo,
que rasgan mi ropero
y aún así,
no entierro.