Teo Moran
Poeta fiel al portal
A veces el coral eterno del cielo
acaricia los arañazos del corazón
con la dejadez de una efímera nota
que vibra en la ingravidez del pecho.
Sangran las nubes en una emboscada
que triunfa en la maceta del alma,
sobre las débiles varillas del paraguas
que con firmeza sostienen al agua,
a esa lluvia fría y desalentadora,
desalmada en los tributos del recuerdo
en el cual solo soy una sutil sombra,
parte indecisa de un futuro incierto.
Y allí, en la soledad del fracaso sobrevivo,
soy suspiro en la desnudez del agua,
entre los juncos y las flores de la ribera
lloro junto a la amapola que me besa,
con los chopos que duermen y sueñan
en la tibieza de un ronquido amargo
que ríe y después grita su quebranto
al compás de los rizos del sauce llorón.
Y allí, en la dolorida herida de la boca,
en las calenturas de los labios resecos
y en las tamizadas lágrimas del deseo
lloro por mi amada, por su sufrimiento,
por las cuchilladas que lleva en su alma,
olas encrespadas lleva por penitencia
y yo beso cada una de sus heridas
con el amor peregrino que me alcanza,
yo la curo en la cortina de su ventana
y con el trino de los mirlos en la vega…
¡La beso, la llamo esposa, vente conmigo
a los caminos que nos llevan a casa,
vente amada mía, la hoguera arde
y llevo un narciso clavado en la boca!
¡Vente amada mía que hoy hueles a rosas,
a las flores de la ribera que por ti lloran!
Sangran las nubes en una emboscada,
lloran sobre el tapiz de tu mirada
y callan en las cortinas de tu ventana.
acaricia los arañazos del corazón
con la dejadez de una efímera nota
que vibra en la ingravidez del pecho.
Sangran las nubes en una emboscada
que triunfa en la maceta del alma,
sobre las débiles varillas del paraguas
que con firmeza sostienen al agua,
a esa lluvia fría y desalentadora,
desalmada en los tributos del recuerdo
en el cual solo soy una sutil sombra,
parte indecisa de un futuro incierto.
Y allí, en la soledad del fracaso sobrevivo,
soy suspiro en la desnudez del agua,
entre los juncos y las flores de la ribera
lloro junto a la amapola que me besa,
con los chopos que duermen y sueñan
en la tibieza de un ronquido amargo
que ríe y después grita su quebranto
al compás de los rizos del sauce llorón.
Y allí, en la dolorida herida de la boca,
en las calenturas de los labios resecos
y en las tamizadas lágrimas del deseo
lloro por mi amada, por su sufrimiento,
por las cuchilladas que lleva en su alma,
olas encrespadas lleva por penitencia
y yo beso cada una de sus heridas
con el amor peregrino que me alcanza,
yo la curo en la cortina de su ventana
y con el trino de los mirlos en la vega…
¡La beso, la llamo esposa, vente conmigo
a los caminos que nos llevan a casa,
vente amada mía, la hoguera arde
y llevo un narciso clavado en la boca!
¡Vente amada mía que hoy hueles a rosas,
a las flores de la ribera que por ti lloran!
Sangran las nubes en una emboscada,
lloran sobre el tapiz de tu mirada
y callan en las cortinas de tu ventana.