La casa vacía,
el cuarto cerrado, mis huesos temblando antes de que comenzara.
Él llega, enorme, con olor a sudor y cigarro.
Un depredador que sonríe mientras cierra la puerta.
Se sienta en la cama,
sus manos en mi pelo como garras disfrazadas de caricia.
Me llama “linda”, dice que me ama.
Pero en sus ojos no hay amor, solo hambre.
Le excita mi temblor,
le excitan mis ojos húmedos.
Su fuerza es bestia,
sus embestidas son golpes.
Su mano se clava en mi cintura.
Dice que sabe lo que hace.
Dice que no me hará daño.
Miente.
Miente con la tranquilidad de quien ya ha matado antes.
Me tapa la boca.
Me ordena silencio.
Me sujeta como si quisiera romperme los huesos.
Su cuerpo se hunde sobre el mío,
me arranca la ropa,
me deja desnuda de defensa.
El humo de su cigarro me invade,
me quema los ojos,
mientras su rodilla abre mi cuerpo.
“Son solo centímetros”, escupe.
Pero son cuchillos entrando una y otra vez.
Me muerde,
me marca,
me destroza.
El dolor me parte en dos,
me deja fría y vacía.
La sangre tibia corre por mis piernas.
Su líquido blanco cae como un sello de propiedad.
Cuando termina,
no hay palabras,
no hay perdón,
no hay alma.
Solo mi cuerpo roto,
mi infancia hecha pedazos,
y una noche eterna
nadie hizo nada, ni la luna ni las estrellas ni el maldito cielo.
Todo pasó una noche donde mamá no estaba,
la misma noche donde me dijo:
“Volveré todas las noches por ti, mi ternurita.”
-Dior
el cuarto cerrado, mis huesos temblando antes de que comenzara.
Él llega, enorme, con olor a sudor y cigarro.
Un depredador que sonríe mientras cierra la puerta.
Se sienta en la cama,
sus manos en mi pelo como garras disfrazadas de caricia.
Me llama “linda”, dice que me ama.
Pero en sus ojos no hay amor, solo hambre.
Le excita mi temblor,
le excitan mis ojos húmedos.
Su fuerza es bestia,
sus embestidas son golpes.
Su mano se clava en mi cintura.
Dice que sabe lo que hace.
Dice que no me hará daño.
Miente.
Miente con la tranquilidad de quien ya ha matado antes.
Me tapa la boca.
Me ordena silencio.
Me sujeta como si quisiera romperme los huesos.
Su cuerpo se hunde sobre el mío,
me arranca la ropa,
me deja desnuda de defensa.
El humo de su cigarro me invade,
me quema los ojos,
mientras su rodilla abre mi cuerpo.
“Son solo centímetros”, escupe.
Pero son cuchillos entrando una y otra vez.
Me muerde,
me marca,
me destroza.
El dolor me parte en dos,
me deja fría y vacía.
La sangre tibia corre por mis piernas.
Su líquido blanco cae como un sello de propiedad.
Cuando termina,
no hay palabras,
no hay perdón,
no hay alma.
Solo mi cuerpo roto,
mi infancia hecha pedazos,
y una noche eterna
nadie hizo nada, ni la luna ni las estrellas ni el maldito cielo.
Todo pasó una noche donde mamá no estaba,
la misma noche donde me dijo:
“Volveré todas las noches por ti, mi ternurita.”
-Dior