DIEGO
Poeta adicto al portal
Roberto era un clásico tipo de clase media que vivía en típico barrio de las afueras de Barranquilla. Tenía un trabajo acorde con su vida bastante chata, según sus pretensiones.
Vivía con su esposa, para quien albergar consigo a su madre, constituía un deber ineludible; y obviamente con su suegra (a quien detestaba con toda su alma), sentimiento éste compartido por la pobre vieja.
La vida de Roberto, transcurría teñida del tedio y la rutina que todo lo corrompen. Cierto día, al regresar a su casa, encontró a su mujer sentada en el sillón del living, sollozando.
Al preguntarle por el motivo, la mujer contestó:
- Roberto, tengo dos noticias para darte: una buena y una mala. ¿Cuál quieres escuchar primero?
- La mala -, dijo el hombre, con un gesto de preocupación.
- La mala, es que murió mamá
Roberto tocó el cielo con las manos. Una alegría desbordante recorrió su cuerpo; corrió escaleras arriba, para verificar que no era una broma de mal gusto.
Llegó a la habitación de la anciana, y, efectivamente, la encontró tendida en su cama, boca arriba y dura como una madera de durmiente. Salió corriendo nuevamente, puso un disco de metal, bailoteando al compás como un epiléptico. Cuando la agitación de su cuerpo falto de ejercicios lo obligó a disminuir tanto frenesí, pensó: - ¡qué bárbaro!, si ésta es la mala noticia, ¡cómo será la buena!
Escaleras abajo volvió al encuentro de su esposa que lo esperaba en el mismo sillón. Casi con desesperación, inquirió a su mujer: - cuál es la buena noticia? -
- La buena, es ¡que voy a ser mamá!
Roberto sintió que finalmente el cielo se acordaba de él. La pareja había buscado un niño por diez años, sin éxito alguno. Habían probado con todo especialista existente, pero en vano. Ahora, sin la vieja que escorchara todo el día, y con un hijo, ese hogar se iba a transformar en el paraíso pensó.
Así pasó la noche, contento.
Al amanecer partió a la rutina del trabajo, pero su ánimo había cambiado. Era un hombre nuevo.
Salió raudo de la oficina, compró un ramo de flores para su mujer y varias bolsas de ropa para el bebé, blancas, por las dudas.
Arribó a su casa cantando. Buscó el encuentro con su esposa.
Cuando entró en la habitación, todo su cuerpo se paralizó.
En lugar de su mujer, se encontró con su suegra, la vieja que lo miraba sonriente. Quedó absorto. La mujer lo miró sorprendida, casi gritándole: -¡Roberto, ¿Qué te pasa?, soy yo, tu esposa, ¿no me reconoces?, yo te dije que iba a ser mamá, no pensé que sucediera tan pronto, ¡pero sucedió!, Roberto, ¡SOY MAMA!
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Vivía con su esposa, para quien albergar consigo a su madre, constituía un deber ineludible; y obviamente con su suegra (a quien detestaba con toda su alma), sentimiento éste compartido por la pobre vieja.
La vida de Roberto, transcurría teñida del tedio y la rutina que todo lo corrompen. Cierto día, al regresar a su casa, encontró a su mujer sentada en el sillón del living, sollozando.
Al preguntarle por el motivo, la mujer contestó:
- Roberto, tengo dos noticias para darte: una buena y una mala. ¿Cuál quieres escuchar primero?
- La mala -, dijo el hombre, con un gesto de preocupación.
- La mala, es que murió mamá
Roberto tocó el cielo con las manos. Una alegría desbordante recorrió su cuerpo; corrió escaleras arriba, para verificar que no era una broma de mal gusto.
Llegó a la habitación de la anciana, y, efectivamente, la encontró tendida en su cama, boca arriba y dura como una madera de durmiente. Salió corriendo nuevamente, puso un disco de metal, bailoteando al compás como un epiléptico. Cuando la agitación de su cuerpo falto de ejercicios lo obligó a disminuir tanto frenesí, pensó: - ¡qué bárbaro!, si ésta es la mala noticia, ¡cómo será la buena!
Escaleras abajo volvió al encuentro de su esposa que lo esperaba en el mismo sillón. Casi con desesperación, inquirió a su mujer: - cuál es la buena noticia? -
- La buena, es ¡que voy a ser mamá!
Roberto sintió que finalmente el cielo se acordaba de él. La pareja había buscado un niño por diez años, sin éxito alguno. Habían probado con todo especialista existente, pero en vano. Ahora, sin la vieja que escorchara todo el día, y con un hijo, ese hogar se iba a transformar en el paraíso pensó.
Así pasó la noche, contento.
Al amanecer partió a la rutina del trabajo, pero su ánimo había cambiado. Era un hombre nuevo.
Salió raudo de la oficina, compró un ramo de flores para su mujer y varias bolsas de ropa para el bebé, blancas, por las dudas.
Arribó a su casa cantando. Buscó el encuentro con su esposa.
Cuando entró en la habitación, todo su cuerpo se paralizó.
En lugar de su mujer, se encontró con su suegra, la vieja que lo miraba sonriente. Quedó absorto. La mujer lo miró sorprendida, casi gritándole: -¡Roberto, ¿Qué te pasa?, soy yo, tu esposa, ¿no me reconoces?, yo te dije que iba a ser mamá, no pensé que sucediera tan pronto, ¡pero sucedió!, Roberto, ¡SOY MAMA!
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