Son el espejo del alma,
me parecen casi siempre tristes,
con solo dos palabras
serian felices.
Pero nunca llegan,
se desesperan y oprimen,
al menos escriben
y eso nunca les basta.
El hombre es como la flor, dicen,
se marchita como la flor,
efímero como la flor.
Se miran al espejo,
el paso del tiempo,
las arrugas, las orejas mollejas,
el gaznate, el feo mentón
y piensan en la flor,
y se desesperan y oprimen
porque les faltan dos palabras:
Diós existe.
Los poetas sufren lo indecible,
los otros hombres, por ejemplo,
se emborrachan de alcohol
o de mujeres pero ellos, ellos
se pierden y se esparcen,
como los pétalos caídos,
sedientos de estrellas
en el polvorín celeste.
Ellos se lo pierden, tal como dice
un arrogante joven al farmacéutico
que se niega a venderle anabolizantes.
Se amargan y me amargan
la vida a mí también.
Sí, sí, amárgame la vida
tú también, dicen,
y leen y escriben y piensan
y cabilan todo el día
sin salir de la tierra de ''Bernat''.
Y así les pasan las horas y los días
mientras sus orejas devienen
mollejas viendo pasar la belleza.
Sí, mollejas las orejas y canas
en la cabeza mientras los hombres
normales beben y fuman alcohol
y tabaco y degustan sabrosas mujeres.
Ellos, los que algunos llaman poetas,
miran demasiado las cosas,
las cosas no hay que mirarlas tanto,
hay que romper el espejo.
Por ejemplo: Si el amor es amor
y porqué es amor y de dónde
viene el amor o si en lugar
de amor es una trampa de amor
para que la vida continue sin amor.
Pensálo, pibe, si están locos o no
estos hombres.
Al final les duele la cabeza y las orejas
se hacen mollejas de perder soberanamente
el tiempo mientras otros hombres
se emborrachan de alcohol
y saborean hermosas muchachas.
Pero ellos solo necesitarían dos palabras
para no caer en el desespero y la amargura
y esas nunca llegan por mucho que esperen
ebrios de belleza mirando las estrellas.
A veces se cansan de las estrellas y las cambian
por un vibrante beso de Maribel Verdú, por ejemplo.
Es lo mismo, más de lo mismo.
Maribel Verdú es una estrella de cine,
hermosa, fabulosa, que vuelve locos
a estos señores porque brilla
como las estrellas, y no sé cómo lo hace
que nunca tiene las orejas mollejas.
Orejas mollejas, he aquí el tiempo perdido,
ensimismados en pensamientos escritos.
Yo creo que solo le darían un beso,
pero no un beso cualquiera, no,
un beso atrapado en esas dos palabras
que les falta para hacer un bocadillo
eterno sazonado de suspiros
y relleno de belleza.
Después hay ese hombre intermedio
que, a lo mejor es el más infeliz de todos,
o puede que ese hombre no exista
más que en la mente, o sea falacia
de algún modo. Ojalá sea cierto.
Ese que no necesita las dos palabras
que hay por ahí perdidas en el firmamento
entre miles de estrellas,
ni necesiten el beso del bocadillo eterno,
ni pierdan el tiempo bebiendo y fumando
alcohol y tabaco. Esos, que no degustan nada,
esos que consumen lo que sea, hasta mujeres,
porque son hombres que no dan un beso; barajan
cualquier cosa que pueda uno imaginar
por el despreciable poder y el asqueroso dinero.
Si esos hombres existen, quién sea que pueda
que por favor nos guarde de ellos, no nos volvamos
todos, como las manzanas podridas,
medio suicidas o medio miserables.
me parecen casi siempre tristes,
con solo dos palabras
serian felices.
Pero nunca llegan,
se desesperan y oprimen,
al menos escriben
y eso nunca les basta.
El hombre es como la flor, dicen,
se marchita como la flor,
efímero como la flor.
Se miran al espejo,
el paso del tiempo,
las arrugas, las orejas mollejas,
el gaznate, el feo mentón
y piensan en la flor,
y se desesperan y oprimen
porque les faltan dos palabras:
Diós existe.
Los poetas sufren lo indecible,
los otros hombres, por ejemplo,
se emborrachan de alcohol
o de mujeres pero ellos, ellos
se pierden y se esparcen,
como los pétalos caídos,
sedientos de estrellas
en el polvorín celeste.
Ellos se lo pierden, tal como dice
un arrogante joven al farmacéutico
que se niega a venderle anabolizantes.
Se amargan y me amargan
la vida a mí también.
Sí, sí, amárgame la vida
tú también, dicen,
y leen y escriben y piensan
y cabilan todo el día
sin salir de la tierra de ''Bernat''.
Y así les pasan las horas y los días
mientras sus orejas devienen
mollejas viendo pasar la belleza.
Sí, mollejas las orejas y canas
en la cabeza mientras los hombres
normales beben y fuman alcohol
y tabaco y degustan sabrosas mujeres.
Ellos, los que algunos llaman poetas,
miran demasiado las cosas,
las cosas no hay que mirarlas tanto,
hay que romper el espejo.
Por ejemplo: Si el amor es amor
y porqué es amor y de dónde
viene el amor o si en lugar
de amor es una trampa de amor
para que la vida continue sin amor.
Pensálo, pibe, si están locos o no
estos hombres.
Al final les duele la cabeza y las orejas
se hacen mollejas de perder soberanamente
el tiempo mientras otros hombres
se emborrachan de alcohol
y saborean hermosas muchachas.
Pero ellos solo necesitarían dos palabras
para no caer en el desespero y la amargura
y esas nunca llegan por mucho que esperen
ebrios de belleza mirando las estrellas.
A veces se cansan de las estrellas y las cambian
por un vibrante beso de Maribel Verdú, por ejemplo.
Es lo mismo, más de lo mismo.
Maribel Verdú es una estrella de cine,
hermosa, fabulosa, que vuelve locos
a estos señores porque brilla
como las estrellas, y no sé cómo lo hace
que nunca tiene las orejas mollejas.
Orejas mollejas, he aquí el tiempo perdido,
ensimismados en pensamientos escritos.
Yo creo que solo le darían un beso,
pero no un beso cualquiera, no,
un beso atrapado en esas dos palabras
que les falta para hacer un bocadillo
eterno sazonado de suspiros
y relleno de belleza.
Después hay ese hombre intermedio
que, a lo mejor es el más infeliz de todos,
o puede que ese hombre no exista
más que en la mente, o sea falacia
de algún modo. Ojalá sea cierto.
Ese que no necesita las dos palabras
que hay por ahí perdidas en el firmamento
entre miles de estrellas,
ni necesiten el beso del bocadillo eterno,
ni pierdan el tiempo bebiendo y fumando
alcohol y tabaco. Esos, que no degustan nada,
esos que consumen lo que sea, hasta mujeres,
porque son hombres que no dan un beso; barajan
cualquier cosa que pueda uno imaginar
por el despreciable poder y el asqueroso dinero.
Si esos hombres existen, quién sea que pueda
que por favor nos guarde de ellos, no nos volvamos
todos, como las manzanas podridas,
medio suicidas o medio miserables.