Mueren las olas del mar, en alientos de espuma
contra las suaves arenas de las blancas playas,
llevándose con la marea, los recuerdos
de todas las huellas, que un día allí se dejaron.
Muere la lluvia, desangrada gota a gota,
lanzando su esencia de vida
contra las duras rocas de una tierra,
sedienta de ilusiones y esperanzas.
Muere el viento, aplastado contra los altos montes,
llevándose consigo los susurros de todas las almas
que algún día lo respiraron.
Muere el día en el crepúsculo de la noche,
asfixiado por el negro manto de ese cielo
plagado de miles de refulgentes estrellas.
Muere la noche en el amanecer del nuevo día,
abrasada por los rayos de un sol, oro y púrpura
que es, a la vez luz y a la vez vida.
Pero las palabras nunca mueren, son eternas,
porque se escribieron con amor y con sangre,
y fueron plasmadas en recios pergaminos
de profunda nostalgia y triste melancolía.
Es la muerte la que muere cuando escucha las palabras.