Lope
Poeta adicto al portal
Y fuiste tú la que en el último suspiro,
dio un giro y grito al infinito,
¡No más, no me suprimirás!
Soy lo que soy y sé hacia donde voy.
No más, me alejarás de mis deseos,
no más, mentiras, no más, no más!
Y si lo amo será todo como yo lo dibuje,
los caminos se cruzan sin saber a dónde se dirigen.
El final es lindo y brillante, una mente y un amante!
¡Tiempo!, se escuchó a lo lejos,
un par de zapatos y un abrigo viejo.
Un reloj en el cuello y un trío de espejos,
eran la vestimenta de mi reflejo.
Voltee hacia atrás y vi mi sombra,
se escondía en la penumbra de la noche.
Sobre mi hombro escuche tu suspiro
y junto a los escombros un beso mío.
Lo recogí y lo metí a mi bolsillo,
pobre chiquillo chillando por el rechazó.
Le dije: no llores más ya pasó,
ahora coge tus cosas y búscate otros labios.
Me miró con ojos húmedos
y dijo: ¿otros labios?, ¿enserio?...
le respondí: ¡Claro! otros, ¿por qué no?!.
Se volteo y de un grito me explico:
No hay otros labios a cuales besar,
ni otro cuello que acariciar.
No hay princesas en mi castillo,
si no estamos ella y yo sentaditos en el pasillo.
¿Qué no lo entiendes?, ¡le amo!
Mi corazón lleva su nombre
y mi espalda sus manos.
Mi textura es la misma que la de su piel,
tan fina como la más delgada hoja de papel.
dio un giro y grito al infinito,
¡No más, no me suprimirás!
Soy lo que soy y sé hacia donde voy.
No más, me alejarás de mis deseos,
no más, mentiras, no más, no más!
Y si lo amo será todo como yo lo dibuje,
los caminos se cruzan sin saber a dónde se dirigen.
El final es lindo y brillante, una mente y un amante!
¡Tiempo!, se escuchó a lo lejos,
un par de zapatos y un abrigo viejo.
Un reloj en el cuello y un trío de espejos,
eran la vestimenta de mi reflejo.
Voltee hacia atrás y vi mi sombra,
se escondía en la penumbra de la noche.
Sobre mi hombro escuche tu suspiro
y junto a los escombros un beso mío.
Lo recogí y lo metí a mi bolsillo,
pobre chiquillo chillando por el rechazó.
Le dije: no llores más ya pasó,
ahora coge tus cosas y búscate otros labios.
Me miró con ojos húmedos
y dijo: ¿otros labios?, ¿enserio?...
le respondí: ¡Claro! otros, ¿por qué no?!.
Se volteo y de un grito me explico:
No hay otros labios a cuales besar,
ni otro cuello que acariciar.
No hay princesas en mi castillo,
si no estamos ella y yo sentaditos en el pasillo.
¿Qué no lo entiendes?, ¡le amo!
Mi corazón lleva su nombre
y mi espalda sus manos.
Mi textura es la misma que la de su piel,
tan fina como la más delgada hoja de papel.
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