esthergranados
Poeta adicto al portal
A veces me pregunto por qué escribo. Creo que no lo sé, pero tampoco importa mucho. Quizás mi madre con su manía de comprarnos y contarnos cuentos puso la semilla: con ellos aprendí a soñar.
Mi pasión por la escritura va ligada a mi pasión por la lectura. Leyendo conocí otros mundos. Cuando abría las páginas de un libro abría al mismo tiempo las puertas de mi imaginación y me convertía, sin moverme del salón de casa, en parte de la trama. Los personajes me atrapaban; eran ellos los que se metían en mí empujándome a universos fascinantes en los que jamás hubiese podido entrar de otra manera. Yo soñaba con ser diferente, quería saber de lugares que nada tuvieran que ver con mi pequeña ciudad tan provinciana, tan aburrida. Me colaba en otras vidas, las usurpaba, por unas horas me transformaba en otra persona.
Así debió de empezar todo. Puede que escriba porque no entiendo este mundo, porque me gustaría cambiarlo, porque necesito imaginarlo diferente, porque quiero dejarle a mis hijos algo mas que unas cuantas fotografías desvaídas.
Escribo, porque cuando voy a dormir y cierro los ojos esperando a que el sueño ayuda, me asaltan los personajes de los relatos a traición, me desvelan, irrumpen en mi mente con descaro, disparando un cargamento de palabras inconexas. Me obligan a levantarme para darles sentido, y hacen que me enfrente a ese folio en blanco que me da tanto miedo como placer.
Escribo porque a mi timidez de vez en cuando le va bien una buena dosis de atrevimiento y a mi inseguridad, un "chute" de vanidad y autocomplacencia.
Escribo porque necesito respirar, y escribir es el aire que reclaman mis pulmones, el oxígeno que demanda mi corazón para latir, para emocionar, para emocionarse, para vivir.
Escribo por pura cobardía porque jamás saltaré de un avión, ni escalaré una montaña, ni lucharé en una guerra, ni salvare vidas heroicamente.
Escribo para escapar del tedio y de la rutina, para poder ser un mafioso, una artista, una asesina, un músico, un suicida, una millonaria frívola, un mendigo, un niño, una joven, una anciana, un espía. Porque quiero ser la más bella y la más fea, la más bondadosa y la más cruel.
Escribo porque juego a capturar el alma de la gente, les observo, les escucho hablar, les veo moverse, gesticular, e imagino sus vidas, las invento, y a veces, cuando ellos me lo permiten, pongo un poco de mí en los personajes que creo.
Escribo y esto es una osadía que me permito con bastante pudor, por tener algo en común con García Márquez, con Almudena Grandes, con Millás, con Cortázar..., con tantos escritores que han formado parte de mi vida y que me han hecho y me hacen llorar, reír, soñar..., emocionarme.
Escribo, y ya no buscaré mas razones porque el placer de ver mis relatos terminados, mil veces releídos, mil veces corregidos, mil veces grabados, me compensa del sufrimiento que a veces me causa escribirlos.
Mi pasión por la escritura va ligada a mi pasión por la lectura. Leyendo conocí otros mundos. Cuando abría las páginas de un libro abría al mismo tiempo las puertas de mi imaginación y me convertía, sin moverme del salón de casa, en parte de la trama. Los personajes me atrapaban; eran ellos los que se metían en mí empujándome a universos fascinantes en los que jamás hubiese podido entrar de otra manera. Yo soñaba con ser diferente, quería saber de lugares que nada tuvieran que ver con mi pequeña ciudad tan provinciana, tan aburrida. Me colaba en otras vidas, las usurpaba, por unas horas me transformaba en otra persona.
Así debió de empezar todo. Puede que escriba porque no entiendo este mundo, porque me gustaría cambiarlo, porque necesito imaginarlo diferente, porque quiero dejarle a mis hijos algo mas que unas cuantas fotografías desvaídas.
Escribo, porque cuando voy a dormir y cierro los ojos esperando a que el sueño ayuda, me asaltan los personajes de los relatos a traición, me desvelan, irrumpen en mi mente con descaro, disparando un cargamento de palabras inconexas. Me obligan a levantarme para darles sentido, y hacen que me enfrente a ese folio en blanco que me da tanto miedo como placer.
Escribo porque a mi timidez de vez en cuando le va bien una buena dosis de atrevimiento y a mi inseguridad, un "chute" de vanidad y autocomplacencia.
Escribo porque necesito respirar, y escribir es el aire que reclaman mis pulmones, el oxígeno que demanda mi corazón para latir, para emocionar, para emocionarse, para vivir.
Escribo por pura cobardía porque jamás saltaré de un avión, ni escalaré una montaña, ni lucharé en una guerra, ni salvare vidas heroicamente.
Escribo para escapar del tedio y de la rutina, para poder ser un mafioso, una artista, una asesina, un músico, un suicida, una millonaria frívola, un mendigo, un niño, una joven, una anciana, un espía. Porque quiero ser la más bella y la más fea, la más bondadosa y la más cruel.
Escribo porque juego a capturar el alma de la gente, les observo, les escucho hablar, les veo moverse, gesticular, e imagino sus vidas, las invento, y a veces, cuando ellos me lo permiten, pongo un poco de mí en los personajes que creo.
Escribo y esto es una osadía que me permito con bastante pudor, por tener algo en común con García Márquez, con Almudena Grandes, con Millás, con Cortázar..., con tantos escritores que han formado parte de mi vida y que me han hecho y me hacen llorar, reír, soñar..., emocionarme.
Escribo, y ya no buscaré mas razones porque el placer de ver mis relatos terminados, mil veces releídos, mil veces corregidos, mil veces grabados, me compensa del sufrimiento que a veces me causa escribirlos.
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