café en chernobyl
Poeta recién llegado
I
Perdí mi corazón en una guerra civil.
Padezco de traumas, de gorriones sobre tulipanes,
de pozos y escaleras, de abandono.
Cuando camino por las calles,
los pobres de lata, las pistolas
con sangre, el olor a incertidumbre.
Y como si a todos les faltase una madre,
se abrazan a las fuentes, al hierro de las murallas.
No me veo más en fiestas
que el olvido del presente,
un puente de caña, una puerta de paja.
Se dice que hay un porvenir,
solo encuentro una ínsula de sal
en medio de un marasmo de reyes fantasmas.
Ciudad de llagas, edificios de latón,
la indiferencia de los hermanos,
el hambre, el dolor de puñal, el escupitajo.
Herido me tendí sobre la cerámica
siendo arrollado por una carroza de papel.
II
Me puedo olvidar, tal vez, del mundo,
de mi madre, de la poesía, del color, de las nubes.
Pero no de la canción que siempre cantaste,
de esa melodía que me hacía soñar.
Cuando busco tus manos y no las encuentro,
soy un pedazo de espectro,
humo disipado en el carbón.
Un tótem de venta. Un ida y venida.
El cerrar de bodega y el atardecer
de un quiosco.
Qué alegría has dado a mi vida,
ese campanazo sobre la fuente, esa iglesia
sin religión, esa campiña donde llegaba
como un forastero a tu fonda
y me topaba con una sopa caliente
y un fiordo frente a la ventana.
Qué alegría...
Perdí mi corazón en una guerra civil.
Padezco de traumas, de gorriones sobre tulipanes,
de pozos y escaleras, de abandono.
Cuando camino por las calles,
los pobres de lata, las pistolas
con sangre, el olor a incertidumbre.
Y como si a todos les faltase una madre,
se abrazan a las fuentes, al hierro de las murallas.
No me veo más en fiestas
que el olvido del presente,
un puente de caña, una puerta de paja.
Se dice que hay un porvenir,
solo encuentro una ínsula de sal
en medio de un marasmo de reyes fantasmas.
Ciudad de llagas, edificios de latón,
la indiferencia de los hermanos,
el hambre, el dolor de puñal, el escupitajo.
Herido me tendí sobre la cerámica
siendo arrollado por una carroza de papel.
II
Me puedo olvidar, tal vez, del mundo,
de mi madre, de la poesía, del color, de las nubes.
Pero no de la canción que siempre cantaste,
de esa melodía que me hacía soñar.
Cuando busco tus manos y no las encuentro,
soy un pedazo de espectro,
humo disipado en el carbón.
Un tótem de venta. Un ida y venida.
El cerrar de bodega y el atardecer
de un quiosco.
Qué alegría has dado a mi vida,
ese campanazo sobre la fuente, esa iglesia
sin religión, esa campiña donde llegaba
como un forastero a tu fonda
y me topaba con una sopa caliente
y un fiordo frente a la ventana.
Qué alegría...
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