Letanía a los corazones rotos

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Hay un cementerio que nadie visita porque no aparece en los mapas. Está detrás del pecho, donde los relojes olvidan su oficio y las promesas se pudren despacio sin hacer ruido. Allí descansan los corazones rotos, esos animales tercos que se niegan a morir del todo y siguen respirando con la obstinación de quien todavía espera un nombre pronunciado desde la distancia.

Reza, corazón, aunque ya no recuerdes a quién. Reza por las cartas que nunca llegaron, por los besos que envejecieron antes de tocar unos labios, por las manos que aprendieron demasiado tarde que el amor también sabe soltar. Reza por quienes se fueron sin cerrar la puerta y por quienes se quedaron habitando una casa vacía.

Benditos sean los que alguna vez amaron hasta desordenarse. Los que confundieron una mirada con un destino, una caricia con la eternidad, un regreso con un milagro. Porque de ellos será el extraño reino donde las cicatrices dejan de ser vergüenza y se convierten en la única biografía que vale la pena leer.

Y cuando vuelva la noche, no escondas tus ruinas. Enciende una lámpara con tus recuerdos, abre las ventanas del alma y deja que el viento haga inventario de lo perdido. Descubrirás, quizá demasiado tarde y justamente a tiempo, que un corazón roto no es un corazón vencido. Es apenas un corazón que aprendió a latir con la música amarga de la ausencia, mientras espera, sin admitirlo nunca, el improbable milagro de volver a creer.
 
Hay un cementerio que nadie visita porque no aparece en los mapas. Está detrás del pecho, donde los relojes olvidan su oficio y las promesas se pudren despacio sin hacer ruido. Allí descansan los corazones rotos, esos animales tercos que se niegan a morir del todo y siguen respirando con la obstinación de quien todavía espera un nombre pronunciado desde la distancia.

Reza, corazón, aunque ya no recuerdes a quién. Reza por las cartas que nunca llegaron, por los besos que envejecieron antes de tocar unos labios, por las manos que aprendieron demasiado tarde que el amor también sabe soltar. Reza por quienes se fueron sin cerrar la puerta y por quienes se quedaron habitando una casa vacía.

Benditos sean los que alguna vez amaron hasta desordenarse. Los que confundieron una mirada con un destino, una caricia con la eternidad, un regreso con un milagro. Porque de ellos será el extraño reino donde las cicatrices dejan de ser vergüenza y se convierten en la única biografía que vale la pena leer.

Y cuando vuelva la noche, no escondas tus ruinas. Enciende una lámpara con tus recuerdos, abre las ventanas del alma y deja que el viento haga inventario de lo perdido. Descubrirás, quizá demasiado tarde y justamente a tiempo, que un corazón roto no es un corazón vencido. Es apenas un corazón que aprendió a latir con la música amarga de la ausencia, mientras espera, sin admitirlo nunca, el improbable milagro de volver a creer.
A veces el dolor de la ausencia no es una derrota, es la prueba de que nuestra alma aún sigue viva.

Abrazo hasta PR
 

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