Letargo

Faustgalen

Poeta recién llegado
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En esta noche insomne recuerdo haber vivido por un año en un pueblo siniestro que tenía un castillo como atractivo en el centro del mismo, con terrible languidez esperaba la aurora y las premoniciones de un largo día de trabajo tedioso e insufrible: extirpar el pus, recetar pociones de mi propia autoría y reconstruir el hocico deforme de crápulas recalcitrantes constituía siempre la orden del día. La sombrilla que me acompañaba ennegrecía aún más las sombras de ese claro de luna y las sendas gotas de lluvia que parecían mas bien copos de nieve cayendo sobre un cuerpo ya semisepultado. Aquel espectáculo de sombras protervas prorrumpían en lo que probablemente eran los últimos estertores de una noche corrompida de miasmas y los tacos de mis zapatos inmaculados, que emitían un sonido que retumbaba en aquel lugar y que recordaba a un lote vacío gigantesco con árboles amenazadores. Una reminiscencia de ciertos libros malditos leídos en época de antaño encontraba en este paisaje, por lo que decidí permanecer inerte, como una lápida, así, sin más. Había una bestia que se acercaba y que rompía botellas, algunas de ellas vacías y otras llenas de licor negro y pestilente… ¡caramba!, pero que forma de emitir sonidos en alto grado procaces: una suerte de gruñidos y vulgares cánticos, este desencanto interrumpían los acontecimientos y los maldecía ipso facto. Me decidí por subir al lugar y para mi suerte el cuidador no estaba, y mejor aún, la puerta estaba abierta. Ese chillido de puerta estropeada por el tiempo, moho verdoso y óxido cobrizo me puso los pelos de punta y eso que me considero un tipo imperturbable. El cenit del susodicho trataba acerca de un mar de estrellas y, sentado sobre un banquito, lamentaba no haber bebido aquella noche hasta la muerte, el lugar hubiera constituido el lugar perfecto de un camposanto para mi alma e imaginaba con una sonrisa ingenua la portaba de un libro del maestro de Providence. El epitafio del castillo de esa puerta seguramente, cincelado con un cuchillo resplandeciente rezaría:

“En este lugar descansa lo que no se puede tocar, pero lastima como una daga afiladísima las esperanzas de quien las tiene”.
Ahora lo recuerdo bien, se trataba de un sueño en otro sueño. Puede que sucediera después de una larga noche de opio y quien sabe de qué otra clase porquerías.

http://diariodeunmediconihilista.blogspot.com/
 
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En esta noche insomne recuerdo haber vivido por un año en un pueblo siniestro que tenía un castillo como atractivo en el centro del mismo, con terrible languidez esperaba la aurora y las premoniciones de un largo día de trabajo tedioso e insufrible: extirpar el pus, recetar pociones de mi propia autoría y reconstruir el hocico deforme de crápulas recalcitrantes constituía siempre la orden del día. La sombrilla que me acompañaba ennegrecía aún más las sombras de ese claro de luna y las sendas gotas de lluvia que parecían mas bien copos de nieve cayendo sobre un cuerpo ya semisepultado. Aquel espectáculo de sombras protervas prorrumpían en lo que probablemente eran los últimos estertores de una noche corrompida de miasmas y los tacos de mis zapatos inmaculados, que emitían un sonido que retumbaba en aquel lugar y que recordaba a un lote vacío gigantesco con árboles amenazadores. Una reminiscencia de ciertos libros malditos leídos en época de antaño encontraba en este paisaje, por lo que decidí permanecer inerte, como una lápida, así, sin más. Había una bestia que se acercaba y que rompía botellas, algunas de ellas vacías y otras llenas de licor negro y pestilente… ¡caramba!, pero que forma de emitir sonidos en alto grado procaces: una suerte de gruñidos y vulgares cánticos, este desencanto interrumpían los acontecimientos y los maldecía ipso facto. Me decidí por subir al lugar y para mi suerte el cuidador no estaba, y mejor aún, la puerta estaba abierta. Ese chillido de puerta estropeada por el tiempo, moho verdoso y óxido cobrizo me puso los pelos de punta y eso que me considero un tipo imperturbable. El cenit del susodicho trataba acerca de un mar de estrellas y, sentado sobre un banquito, lamentaba no haber bebido aquella noche hasta la muerte, el lugar hubiera constituido el lugar perfecto de un camposanto para mi alma e imaginaba con una sonrisa ingenua la portaba de un libro del maestro de Providence. El epitafio del castillo de esa puerta seguramente, cincelado con un cuchillo resplandeciente rezaría:

“En este lugar descansa lo que no se puede tocar, pero lastima como una daga afiladísima las esperanzas de quien las tiene”.
Ahora lo recuerdo bien, se trataba de un sueño en otro sueño. Puede que sucediera después de una larga noche de opio y quien sabe de qué otra clase porquerías.

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La imagen de presentación es del todo atrayente y el epitafio borda con impecable sentencia una especie de sueño inquietante y deliciosamente labrado. Felicidades!

Saludos,

Palmira
 

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