BRIAN
Poeta recién llegado
I. Invocación
Desciende,
criatura del perfume indecible,
la que danza con los pies descalzos
sobre el silencio de mis nervios.
ven con tu voz de humo y sed,
con el temblor de tu nuca
y ese veneno dulce
que gotea entre tus gestos.
He abierto mis costillas
como puertas al crepúsculo.
arde aquí, en mi centro,
un deseo sin idioma.
II. Contacto
Haz de tu lengua
una serpiente de fuego.
Trázame, sin prisa,
con la exactitud de una herida hermosa.
cada rose, una plegaria.
Cada mordida, un nombre.
Que tus uñas—esas dragas de sombra—
rompan la arquitectura
de mis pensamientos castos.
Deja que lo sagrado en mí, se derrumbe
y que lo humano
se humedezca sin culpa.
III. Éxtasis
Ciérrame los ojos
con la presión de tus muslos.
hazme fruta caída,
semilla despierta en tu vientre.
hunde en mi lengua tu silencio,
y escúrrete como óleo negro
sobre el mármol de mi pecho.
Déjame gritar —bajo el umbral de tus pechos
una palabra que no exista,
una ofrenda hecha de saliva y delirio.
IV. Trance
Ahora, libidinosa
vuélvete sombra líquida
en el altar de mis huesos.
Ya no hay piel, ni voz, ni miedo.
Sólo el aroma inasible de tu ausencia
flotando en la penumbra
que aún vibra sobre mi piel abierta.
Escancia tu esencia en mis venas
que en mi muerte breve,
nazca otra forma de sentirte:
más honda
más callada
más eterna.
Desciende,
criatura del perfume indecible,
la que danza con los pies descalzos
sobre el silencio de mis nervios.
ven con tu voz de humo y sed,
con el temblor de tu nuca
y ese veneno dulce
que gotea entre tus gestos.
He abierto mis costillas
como puertas al crepúsculo.
arde aquí, en mi centro,
un deseo sin idioma.
II. Contacto
Haz de tu lengua
una serpiente de fuego.
Trázame, sin prisa,
con la exactitud de una herida hermosa.
cada rose, una plegaria.
Cada mordida, un nombre.
Que tus uñas—esas dragas de sombra—
rompan la arquitectura
de mis pensamientos castos.
Deja que lo sagrado en mí, se derrumbe
y que lo humano
se humedezca sin culpa.
III. Éxtasis
Ciérrame los ojos
con la presión de tus muslos.
hazme fruta caída,
semilla despierta en tu vientre.
hunde en mi lengua tu silencio,
y escúrrete como óleo negro
sobre el mármol de mi pecho.
Déjame gritar —bajo el umbral de tus pechos
una palabra que no exista,
una ofrenda hecha de saliva y delirio.
IV. Trance
Ahora, libidinosa
vuélvete sombra líquida
en el altar de mis huesos.
Ya no hay piel, ni voz, ni miedo.
Sólo el aroma inasible de tu ausencia
flotando en la penumbra
que aún vibra sobre mi piel abierta.
Escancia tu esencia en mis venas
que en mi muerte breve,
nazca otra forma de sentirte:
más honda
más callada
más eterna.