LÍMITES DEL DESIERTO
Es la noche que ilumina los desiertos
reverso de la bóveda celeste y sus estrellas.
Es la noche iluminada por fragmentos
de los antiguos soles embestidos por los vientos y las fieras,
almoneda inacabable de ritos y misterios, el desierto.
Rodeada por sus límites inexpresables
se alza la Forma como origen, la yurta hospitalaria,
hecha por manos para cobijar sueños inocentes,
albergue de cálidos rincones sin diedros ni impávidos aceros
que detienen los meteoros pavorosos.
La yurta del desierto, confín de geometrías,
epifanía itinerante, borda que no admite talla ni secretos.
Un cénit de hirsutas hipotenusas es celaje y compromiso
frente a la invasión de luciérnagas y caracolas durmientes
sobre el fondo de un mar recostado en el silencio.
Compendio de ecuaciones imposibles y teorías nunca probadas
en la yurta elemental se cobijan todo las artes sin forma,
los dioses que ya descansan, las músicas inaudibles y los poemas malditos,
entre alfombras y cerámicas antiguas en las que abrevan dromedarios.
¡Qué permanente coyunda entre constelaciones y zafiros, el desierto!
Extraña e inabarcable es la teoría del desierto;
desde la piedra rosácea que susurra blandamente
adormeciendo al guerrero y convocando a los vientos,
hasta ese peregrinar incesante de latidos entre arenas
y suicidios generosos, sangre para abrevaderos.
La viscosa liviandad de las serpientes como ocultas lemniscatas
atrae el ladrido y la rabia que habita en los cerros horizontales
y al crujido extemporáneo de una rama destinada a cementerio
o a ser fuego matutino o silbadora fusta,
cimitarra del ecuménico silencio.
¿Cómo definir la ancestral curvatura del desierto?
¿Como enumerar las lágrimas llovidas en la última tormenta?
Dejemos a los amantes de pieles acariciadas
deambular errabundos y preguntarse esas abstrusas cuestiones.
Siempre acertarán sus ojos con la exacta estrella de sus sueños.
Mientras, en los oblongos secretos de la yurta nacerán
pequeños nardos o nenúfares que explotan como la risa de los niños,
el fuego inmarchitable se habitará de salamandras o dragones
que traerán al desierto sus heladores misterios.
Vientos fríos que disipen las nieblas de los ojos de los muertos.
Es la noche que ilumina los desiertos
reverso de la bóveda celeste y sus estrellas.
Es la noche iluminada por fragmentos
de los antiguos soles embestidos por los vientos y las fieras,
almoneda inacabable de ritos y misterios, el desierto.
Rodeada por sus límites inexpresables
se alza la Forma como origen, la yurta hospitalaria,
hecha por manos para cobijar sueños inocentes,
albergue de cálidos rincones sin diedros ni impávidos aceros
que detienen los meteoros pavorosos.
La yurta del desierto, confín de geometrías,
epifanía itinerante, borda que no admite talla ni secretos.
Un cénit de hirsutas hipotenusas es celaje y compromiso
frente a la invasión de luciérnagas y caracolas durmientes
sobre el fondo de un mar recostado en el silencio.
Compendio de ecuaciones imposibles y teorías nunca probadas
en la yurta elemental se cobijan todo las artes sin forma,
los dioses que ya descansan, las músicas inaudibles y los poemas malditos,
entre alfombras y cerámicas antiguas en las que abrevan dromedarios.
¡Qué permanente coyunda entre constelaciones y zafiros, el desierto!
Extraña e inabarcable es la teoría del desierto;
desde la piedra rosácea que susurra blandamente
adormeciendo al guerrero y convocando a los vientos,
hasta ese peregrinar incesante de latidos entre arenas
y suicidios generosos, sangre para abrevaderos.
La viscosa liviandad de las serpientes como ocultas lemniscatas
atrae el ladrido y la rabia que habita en los cerros horizontales
y al crujido extemporáneo de una rama destinada a cementerio
o a ser fuego matutino o silbadora fusta,
cimitarra del ecuménico silencio.
¿Cómo definir la ancestral curvatura del desierto?
¿Como enumerar las lágrimas llovidas en la última tormenta?
Dejemos a los amantes de pieles acariciadas
deambular errabundos y preguntarse esas abstrusas cuestiones.
Siempre acertarán sus ojos con la exacta estrella de sus sueños.
Mientras, en los oblongos secretos de la yurta nacerán
pequeños nardos o nenúfares que explotan como la risa de los niños,
el fuego inmarchitable se habitará de salamandras o dragones
que traerán al desierto sus heladores misterios.
Vientos fríos que disipen las nieblas de los ojos de los muertos.