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Llamas de divinidad

Fullman

Poeta recién llegado
Me enamoré al saber que amaba a un poeta,
un alma que canta, que llora, que arde y que quema,
un poeta inmortal, que en su sombra secreta
me recordó al que fui, cuando el amor era un lema.
Tres veces caí, en las manos del duelo:
la primera, me hirieron con falsa pasión,
la segunda, yo fui traidor en mi vuelo,
rompí lo que pudo ser redención.

Pero la tercera, cruel y certera,
fue la que más cerca me tuvo del cielo,
un amor verdadero, una entrega sincera,
que rompí con palabras, destrocé con mi anhelo.
Así somos los poetas, creamos en llamas,
y al mismo tiempo, destruimos la flor,
con un verso quemamos las más puras almas,
hacemos de la vida cenizas de amor.

Desde entonces, busco el pensamiento divino,
ese que algunos llaman destino o Dios,
para mí, es un eco, un hermano en camino,
pues lo conozco en mi propio adiós.
Él y yo compartimos la esencia quebrada,
él, en su trono sin fin, sin emoción,
yo, su fragmento que en tierra se halla,
tentado por carne, por la tentación.

Decidí bajar al mundo a explorar
el enigma mortal, la fragilidad,
a entender al hombre, su forma de amar,
y la absurda y eterna necesidad.
Cada ser es distinto, un vasto misterio,
aunque en la piel parezcan igual,
son como estrellas, lejanas, en serio,
destellos ocultos bajo el mar casual.

Sienten culpa tras herir, pero nunca antes,
no ven lo que viene, no miden el daño,
y en ese desliz, los más inconstantes,
se pierden en ciclos de olvido y de engaño.
Y luego están los que no sienten nada,
los llaman psicópatas, sombras sin alma,
quizás son lo más cercano a mi morada,
la divinidad fría, de corazón en calma.

Ellos actúan, imitan, se cuelan
entre humanos, como lobos al sol,
sus corazones de mármol no duelen,
pero en su frialdad, veo mi antiguo rol.
No los llamaría hombres, sino reflejos
de lo que fui en mi inmortalidad,
siento en su falta de vida, espejos
de mi antigua y eterna deidad.

Y aquí estoy, entre cielos y lodo,
un poeta perdido entre muerte y amor,
creando universos de verbo en el modo
de un dios que se arrastra en busca de ardor.
Soy la chispa caída de un fuego divino,
que al bajar, se hizo carne y error,
y en cada palabra que escribo, adivino
el eco del cielo, del hombre, y su horror.
 
Me enamoré al saber que amaba a un poeta,
un alma que canta, que llora, que arde y que quema,
un poeta inmortal, que en su sombra secreta
me recordó al que fui, cuando el amor era un lema.
Tres veces caí, en las manos del duelo:
la primera, me hirieron con falsa pasión,
la segunda, yo fui traidor en mi vuelo,
rompí lo que pudo ser redención.

Pero la tercera, cruel y certera,
fue la que más cerca me tuvo del cielo,
un amor verdadero, una entrega sincera,
que rompí con palabras, destrocé con mi anhelo.
Así somos los poetas, creamos en llamas,
y al mismo tiempo, destruimos la flor,
con un verso quemamos las más puras almas,
hacemos de la vida cenizas de amor.

Desde entonces, busco el pensamiento divino,
ese que algunos llaman destino o Dios,
para mí, es un eco, un hermano en camino,
pues lo conozco en mi propio adiós.
Él y yo compartimos la esencia quebrada,
él, en su trono sin fin, sin emoción,
yo, su fragmento que en tierra se halla,
tentado por carne, por la tentación.

Decidí bajar al mundo a explorar
el enigma mortal, la fragilidad,
a entender al hombre, su forma de amar,
y la absurda y eterna necesidad.
Cada ser es distinto, un vasto misterio,
aunque en la piel parezcan igual,
son como estrellas, lejanas, en serio,
destellos ocultos bajo el mar casual.

Sienten culpa tras herir, pero nunca antes,
no ven lo que viene, no miden el daño,
y en ese desliz, los más inconstantes,
se pierden en ciclos de olvido y de engaño.
Y luego están los que no sienten nada,
los llaman psicópatas, sombras sin alma,
quizás son lo más cercano a mi morada,
la divinidad fría, de corazón en calma.

Ellos actúan, imitan, se cuelan
entre humanos, como lobos al sol,
sus corazones de mármol no duelen,
pero en su frialdad, veo mi antiguo rol.
No los llamaría hombres, sino reflejos
de lo que fui en mi inmortalidad,
siento en su falta de vida, espejos
de mi antigua y eterna deidad.

Y aquí estoy, entre cielos y lodo,
un poeta perdido entre muerte y amor,
creando universos de verbo en el modo
de un dios que se arrastra en busca de ardor.
Soy la chispa caída de un fuego divino,
que al bajar, se hizo carne y error,
y en cada palabra que escribo, adivino
el eco del cielo, del hombre, y su horror.
La vida figura un sin fin de vivencias.
Líneas reflexivas.

Saludos
 
El destino suele ser una senda de vicisitudes que da forma e imagen a nuestra vida. Altibajos y vaivenes se suceden de continuo: a veces, infortunadamente, muchos más reverses que intervalos felices. Un gusto leerte, poeta. Saludos cordiales.
 
Me enamoré al saber que amaba a un poeta,
un alma que canta, que llora, que arde y que quema,
un poeta inmortal, que en su sombra secreta
me recordó al que fui, cuando el amor era un lema.
Tres veces caí, en las manos del duelo:
la primera, me hirieron con falsa pasión,
la segunda, yo fui traidor en mi vuelo,
rompí lo que pudo ser redención.

Pero la tercera, cruel y certera,
fue la que más cerca me tuvo del cielo,
un amor verdadero, una entrega sincera,
que rompí con palabras, destrocé con mi anhelo.
Así somos los poetas, creamos en llamas,
y al mismo tiempo, destruimos la flor,
con un verso quemamos las más puras almas,
hacemos de la vida cenizas de amor.

Desde entonces, busco el pensamiento divino,
ese que algunos llaman destino o Dios,
para mí, es un eco, un hermano en camino,
pues lo conozco en mi propio adiós.
Él y yo compartimos la esencia quebrada,
él, en su trono sin fin, sin emoción,
yo, su fragmento que en tierra se halla,
tentado por carne, por la tentación.

Decidí bajar al mundo a explorar
el enigma mortal, la fragilidad,
a entender al hombre, su forma de amar,
y la absurda y eterna necesidad.
Cada ser es distinto, un vasto misterio,
aunque en la piel parezcan igual,
son como estrellas, lejanas, en serio,
destellos ocultos bajo el mar casual.

Sienten culpa tras herir, pero nunca antes,
no ven lo que viene, no miden el daño,
y en ese desliz, los más inconstantes,
se pierden en ciclos de olvido y de engaño.
Y luego están los que no sienten nada,
los llaman psicópatas, sombras sin alma,
quizás son lo más cercano a mi morada,
la divinidad fría, de corazón en calma.

Ellos actúan, imitan, se cuelan
entre humanos, como lobos al sol,
sus corazones de mármol no duelen,
pero en su frialdad, veo mi antiguo rol.
No los llamaría hombres, sino reflejos
de lo que fui en mi inmortalidad,
siento en su falta de vida, espejos
de mi antigua y eterna deidad.

Y aquí estoy, entre cielos y lodo,
un poeta perdido entre muerte y amor,
creando universos de verbo en el modo
de un dios que se arrastra en busca de ardor.
Soy la chispa caída de un fuego divino,
que al bajar, se hizo carne y error,
y en cada palabra que escribo, adivino
el eco del cielo, del hombre, y su horror.

Hermosa manera de describir a los creadores de fantasías e ilusiones
(los poetas), quienes viven en la penumbra y a la luz del día.
Grato leerte, saludos
Alfredo
 
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