Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
No se,
por qué de tanto en tanto
evoco el mar, si desde aquella tarde, no lo amo.
¿Será porque esa tarde compartimos exaltados,
la sentimental, común zozobra, que pugnamos
a llanto sosegar?
Mientras
lloraba el mar por la vejada tersura de su arena,
en vano tú, condolida por mi pena,
tendías a mi quebranto el suave pañuelo caricia
de tu mano.
Lloraba el mar
celoso de nosotros por su arena.
Por ti, mi amor, con mucho mar de mis ojos y su sal,
lloraba yo, celoso de cualquier otra presencia.
¿Premonición?
Tú ya no estás. Eres ajena.
Hoy, eres por fin de ese, tu inexorable destinatario
por divino precepto designado. Y yo, yo ya no tengo
más llanto. Ni lamentos.
Pero el mar,
sigue llorando por su arena; infundados temores,
celos, penas. ¡¿Que saben de tristezas esos dos…?!
¡Si habrán de tenerse hasta que mueran!
Ya no lloro por nadie.
Es muy verdad. Solo, de tanto en tanto,
-como en este escrito- evoco el mar. Y creo saber
que es; por mi última, insuperable posibilidad de ti,
robada a Dios... la tarde aquella.
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por qué de tanto en tanto
evoco el mar, si desde aquella tarde, no lo amo.
¿Será porque esa tarde compartimos exaltados,
la sentimental, común zozobra, que pugnamos
a llanto sosegar?
Mientras
lloraba el mar por la vejada tersura de su arena,
en vano tú, condolida por mi pena,
tendías a mi quebranto el suave pañuelo caricia
de tu mano.
Lloraba el mar
celoso de nosotros por su arena.
Por ti, mi amor, con mucho mar de mis ojos y su sal,
lloraba yo, celoso de cualquier otra presencia.
¿Premonición?
Tú ya no estás. Eres ajena.
Hoy, eres por fin de ese, tu inexorable destinatario
por divino precepto designado. Y yo, yo ya no tengo
más llanto. Ni lamentos.
Pero el mar,
sigue llorando por su arena; infundados temores,
celos, penas. ¡¿Que saben de tristezas esos dos…?!
¡Si habrán de tenerse hasta que mueran!
Ya no lloro por nadie.
Es muy verdad. Solo, de tanto en tanto,
-como en este escrito- evoco el mar. Y creo saber
que es; por mi última, insuperable posibilidad de ti,
robada a Dios... la tarde aquella.
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