kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
¿LLEGAR A VIEJO?
Viejos momificados con un vaso de agua en la mesa
mientras su joven cuidadora
coquetea con el camarero en la barra.
Viejos sentados en el parque, cada tarde, junto a su respirador.
Viejos convertidos en padres de sus nietos.
Viejos despreciados por enamorarse.
Viejos que pasean al perro por no aguantar las gilipolleces
de los hijos atrincherados en sus casas
desde hace más de cuarenta años.
Viejos en coma —que no sordos—
soportando ante su camastro cómo discuten por la herencia.
Viejos lúcidos entre ancianos dementes
que se marchitan
en preciosas residencias perdidas en el campo.
Viejos a los que se les pone a dieta, para que perduren…
Ni dulce, ni salado, ni tabaco, ni vino,
qué haríamos nosotros… (sin tu pensión).
Viejos que hacen cola cada noche en la parte trasera
de los supermercados.
Los viejos que hacen teorema de la conjetura del implacable paso del tiempo,
y es que el viejo ya sabe —y sufre— que la felicidad tan solo dura
lo que se tarda en deletrear la palabra f e l i c i d a d.
Viejos que confunden a su nuera con su madre.
Viejos que no encuentran a nadie que les escuche.
Viejos que no pueden hablar, y hablan por ellos
auténticos estúpidos.
Esta es la mierda de futuro que me espera…
Acabo de perder cualquier atisbo de esperanza:
no vale la pena llegar a viejo.
Hace un instante, apostado en esta misma ventana,
contemplaba a un anciano en su manso caminar
mientras balanceaba en su mano una botella de vino.
Se detuvo,
dio un trago largo
y alzó su semblante
hacia la faja de luz que se colaba entre las fachadas.
De pronto,
la histeria de un hombre que se hacía llamar hijo
retumbó en el remanso de paz
de nuestra calleja.
Arrancó la botella de la mano del anciano,
la estalló contra la isla de sus pies
y se lo llevó a empujones.
Cuántos insultos en tan poco tiempo.
¿Acaso no era posible
que aquel viejo —tras tomar otro trago de vino—
le hubiera contestado a ese soplapollas
que el dinero que le quedaba se lo iba a beber
y que las putas del barrio
rendirían buena cuenta de sus propinas?
¿Acaso no era posible
que el miserable del hijo
hubiera escapado calle arriba para contar a sus hermanas
el espectáculo indecente de su padre,
que se perdería calle abajo, botella en mano,
canturreando una canción de Gardel?
No,
no parece que fuera posible.
Los viejos no están precisamente de moda.
Apurando la cerveza,
en esta tarde de febrero que me sabe a primavera,
acabo de tomar la decisión inapelable
de que no llegaré a viejo.
Kalkbadan
Madrid, febrero de 2015
Viejos momificados con un vaso de agua en la mesa
mientras su joven cuidadora
coquetea con el camarero en la barra.
Viejos sentados en el parque, cada tarde, junto a su respirador.
Viejos convertidos en padres de sus nietos.
Viejos despreciados por enamorarse.
Viejos que pasean al perro por no aguantar las gilipolleces
de los hijos atrincherados en sus casas
desde hace más de cuarenta años.
Viejos en coma —que no sordos—
soportando ante su camastro cómo discuten por la herencia.
Viejos lúcidos entre ancianos dementes
que se marchitan
en preciosas residencias perdidas en el campo.
Viejos a los que se les pone a dieta, para que perduren…
Ni dulce, ni salado, ni tabaco, ni vino,
qué haríamos nosotros… (sin tu pensión).
Viejos que hacen cola cada noche en la parte trasera
de los supermercados.
Los viejos que hacen teorema de la conjetura del implacable paso del tiempo,
y es que el viejo ya sabe —y sufre— que la felicidad tan solo dura
lo que se tarda en deletrear la palabra f e l i c i d a d.
Viejos que confunden a su nuera con su madre.
Viejos que no encuentran a nadie que les escuche.
Viejos que no pueden hablar, y hablan por ellos
auténticos estúpidos.
Esta es la mierda de futuro que me espera…
Acabo de perder cualquier atisbo de esperanza:
no vale la pena llegar a viejo.
Hace un instante, apostado en esta misma ventana,
contemplaba a un anciano en su manso caminar
mientras balanceaba en su mano una botella de vino.
Se detuvo,
dio un trago largo
y alzó su semblante
hacia la faja de luz que se colaba entre las fachadas.
De pronto,
la histeria de un hombre que se hacía llamar hijo
retumbó en el remanso de paz
de nuestra calleja.
Arrancó la botella de la mano del anciano,
la estalló contra la isla de sus pies
y se lo llevó a empujones.
Cuántos insultos en tan poco tiempo.
¿Acaso no era posible
que aquel viejo —tras tomar otro trago de vino—
le hubiera contestado a ese soplapollas
que el dinero que le quedaba se lo iba a beber
y que las putas del barrio
rendirían buena cuenta de sus propinas?
¿Acaso no era posible
que el miserable del hijo
hubiera escapado calle arriba para contar a sus hermanas
el espectáculo indecente de su padre,
que se perdería calle abajo, botella en mano,
canturreando una canción de Gardel?
No,
no parece que fuera posible.
Los viejos no están precisamente de moda.
Apurando la cerveza,
en esta tarde de febrero que me sabe a primavera,
acabo de tomar la decisión inapelable
de que no llegaré a viejo.
Kalkbadan
Madrid, febrero de 2015
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