Miguel Mercurio
Poeta recién llegado
Está llorando el cielo a borbotones
por su herida de añil sangre incesante
perforados sus plúmbeos portones.
Llora y llora sin parar ni un instante
de afligirse cual amada que pasa
días y noches lejos de su amante.
Sobre el árido suelo de su casa,
antaño alfombra de inmensos verdores,
la justicia de sus soles abrasa.
En su hogar egoístas moradores
cierran puertas de fúnebre madera
y levantan paredes sin colores.
Llora y grita el cielo y se desespera,
voz de trueno y pulmón de vendaval,
¡No ahoguéis en humo a la primavera
ni a la magia del misterio animal!
¡No continuéis agrandando mi herida
como ofrenda a vuestro dios de metal
y papel que no os salvará la vida!
por su herida de añil sangre incesante
perforados sus plúmbeos portones.
Llora y llora sin parar ni un instante
de afligirse cual amada que pasa
días y noches lejos de su amante.
Sobre el árido suelo de su casa,
antaño alfombra de inmensos verdores,
la justicia de sus soles abrasa.
En su hogar egoístas moradores
cierran puertas de fúnebre madera
y levantan paredes sin colores.
Llora y grita el cielo y se desespera,
voz de trueno y pulmón de vendaval,
¡No ahoguéis en humo a la primavera
ni a la magia del misterio animal!
¡No continuéis agrandando mi herida
como ofrenda a vuestro dios de metal
y papel que no os salvará la vida!