DIEGO
Poeta adicto al portal
Hoy sé que no piensas en mí.
Parado bajo el dintel de la puerta del negocio que hoy se tomó el día, miro la inmensa cortina de lágrimas celestes caer sin descanso. Más allá, los nubarrones tiñen con témperas mal escogidas los retazos de límpido cielo que resiste los embates de un temporal imprevisto.
Esta lluvia de un febrero recortado en mezquino almanaque, me anoticia de mi ausencia en tus recuerdos.
El recuerdo otrora pactado y juramentado, hoy no se cumple.
Quién sabe por qué nubes ilusorias navegarán hoy tus ansias de amores propensos al llanto. Un llanto anunciado por esta cascada de agua copiosa que suicida su existencia ante mis ojos.
Miro casi con rencor la corriente caudalosa apurarse por los cordones impregnados de inmundicias urbanas y se me antoja la última carrera de nuestro ayer, presuroso a la boca de tormenta, que ha de tragarse los restos infames de un amor desguarnecido.
El cielo ya está totalmente encapotado. Persistente en su decisión de derramar penas.
Tú, en la antípoda de este rincón del mundo, estás pensando en el pasado de tus días, anegados de momentos como éste, en el que el agua invadía tus cabellos para escurrirse entre los senderos dibujados en tu cuerpo, Mientras yo, iluso acróbata de tus antojos, sonreía desde la luz que irradiaba esa imagen casi transparente de tu alma.
Vanidosa pretensión de ser auténtico y exclusivo recipiente de tus más dulces y sinceros sentimientos de por vida.
Hemos sido creados para transmutar relaciones, para recorrer pasiones ajenas a la perpetuidad. Para no quedarnos quietos en el placer conocido.
Para jurar en vano amores que de eternidad nada tienen. Todo pasa, todo sentimiento.
Inmenso o minúsculo. Como esta lluvia de febrero que ha llegado hasta mí para recordarme los pactos incumplidos, los deseos callados, los recuerdos moribundos.
Todo pasa, la lluvia, las penas, las ganas, la vida.
En un rato habrá otro sol, un sol nuevo, un diáfano cielo que anunciará una nueva quimera de amor, una nueva promesa destinada a morir al rato de nacer. Un juramento fresco que nunca cumpliré, que nunca cumplirás.
Hoy sé que no piensas en mí. Hoy he descubierto que tampoco me importa demasiado.
Voy tras del sol, allí, silente, casi a hurtadillas, espera incipiente relación, sonriente, dulce, y naturalmente mentirosa.
Parado bajo el dintel de la puerta del negocio que hoy se tomó el día, miro la inmensa cortina de lágrimas celestes caer sin descanso. Más allá, los nubarrones tiñen con témperas mal escogidas los retazos de límpido cielo que resiste los embates de un temporal imprevisto.
Esta lluvia de un febrero recortado en mezquino almanaque, me anoticia de mi ausencia en tus recuerdos.
El recuerdo otrora pactado y juramentado, hoy no se cumple.
Quién sabe por qué nubes ilusorias navegarán hoy tus ansias de amores propensos al llanto. Un llanto anunciado por esta cascada de agua copiosa que suicida su existencia ante mis ojos.
Miro casi con rencor la corriente caudalosa apurarse por los cordones impregnados de inmundicias urbanas y se me antoja la última carrera de nuestro ayer, presuroso a la boca de tormenta, que ha de tragarse los restos infames de un amor desguarnecido.
El cielo ya está totalmente encapotado. Persistente en su decisión de derramar penas.
Tú, en la antípoda de este rincón del mundo, estás pensando en el pasado de tus días, anegados de momentos como éste, en el que el agua invadía tus cabellos para escurrirse entre los senderos dibujados en tu cuerpo, Mientras yo, iluso acróbata de tus antojos, sonreía desde la luz que irradiaba esa imagen casi transparente de tu alma.
Vanidosa pretensión de ser auténtico y exclusivo recipiente de tus más dulces y sinceros sentimientos de por vida.
Hemos sido creados para transmutar relaciones, para recorrer pasiones ajenas a la perpetuidad. Para no quedarnos quietos en el placer conocido.
Para jurar en vano amores que de eternidad nada tienen. Todo pasa, todo sentimiento.
Inmenso o minúsculo. Como esta lluvia de febrero que ha llegado hasta mí para recordarme los pactos incumplidos, los deseos callados, los recuerdos moribundos.
Todo pasa, la lluvia, las penas, las ganas, la vida.
En un rato habrá otro sol, un sol nuevo, un diáfano cielo que anunciará una nueva quimera de amor, una nueva promesa destinada a morir al rato de nacer. Un juramento fresco que nunca cumpliré, que nunca cumplirás.
Hoy sé que no piensas en mí. Hoy he descubierto que tampoco me importa demasiado.
Voy tras del sol, allí, silente, casi a hurtadillas, espera incipiente relación, sonriente, dulce, y naturalmente mentirosa.
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