Lluvia intermitente

AlejandroCifuente

Poeta recién llegado
La vela desgasta los caminos por donde van los ministerios de la luz desangelada,
y su estela de caprichos se evapora colgada en el patio de los naranjos violetas,
de la pradera de ovejas que muerden mi camisa en la hoguera penetrante de nuestros alaridos,
en el vacio desbordado por la lluvia como lentas voces en un vaso roto,
como espigas de madera que la tierra se traga por la boca del precioso nido de los deshechos.
Y los recipientes de la noche atraviesan un bosque de pausas infinitas,
de ramas envidiadas por los pasillos de nuestra residencia de cadáveres,
de platos sin hambre que moran en el costado de las luces de una sombra
con la almohada de la mañana pegada entre la inexistencia de tu cuerpo más diáfano,
entre los cabellos moribundos de un pelo de cenizas vaciando por un trago vertiginoso.
Adónde fueron los ojos labrados por un sereno ebanista de las formas más presentes.
Quizás se esfumaron como lentos zumbidos sobre el laberinto de los planetas
mientras mis manos se perdían en el ocaso que alguna vez desvistió nuestra amargura.
Pero los corceles de la orilla aún derraman las flores del desierto, los negros atajos
donde deambulan nuestras prisiones de pequeñas bocas gritando una canción,
de adentrados abismos que se clavan en alma como negros sortilegios,
de nucas, de lluvias, y de más lluvias que desangran este lápiz hasta romper mi dentadura.
 
La vela desgasta los caminos por donde van los ministerios de la luz desangelada,
y su estela de caprichos se evapora colgada en el patio de los naranjos violetas,
de la pradera de ovejas que muerden mi camisa en la hoguera penetrante de nuestros alaridos,
en el vacio desbordado por la lluvia como lentas voces en un vaso roto,
como espigas de madera que la tierra se traga por la boca del precioso nido de los deshechos.
Y los recipientes de la noche atraviesan un bosque de pausas infinitas,
de ramas envidiadas por los pasillos de nuestra residencia de cadáveres,
de platos sin hambre que moran en el costado de las luces de una sombra
con la almohada de la mañana pegada entre la inexistencia de tu cuerpo más diáfano,
entre los cabellos moribundos de un pelo de cenizas vaciando por un trago vertiginoso.
Adónde fueron los ojos labrados por un sereno ebanista de las formas más presentes.
Quizás se esfumaron como lentos zumbidos sobre el laberinto de los planetas
mientras mis manos se perdían en el ocaso que alguna vez desvistió nuestra amargura.
Pero los corceles de la orilla aún derraman las flores del desierto, los negros atajos
donde deambulan nuestras prisiones de pequeñas bocas gritando una canción,
de adentrados abismos que se clavan en alma como negros sortilegios,
de nucas, de lluvias, y de más lluvias que desangran este lápiz hasta romper mi dentadura.



Mucha pasión en estos versos con imágenes muy bellas y logradas.
Un gusto leerte
cariños
 

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