Birbiloke
Poeta adicto al portal
Sangre en mis labios
sangrante rojo de tu beso
el sabor del adiós.
Y en esa noche de luna llena
todos presentes, aullandole
mas tu no estabas
tampoco yo.
Solo un rastro de sangre
iluminaba la luna
el destino que nos encontró
entre respuestas absurdas, con lógica
. . . . . para reír . . . . . .
Y una oscuridad negra sin luna
sembró dentro de mi
lo que ningún hacedor de semillas
siembra en tierra fertil.
Y crecieron las zarzas
en campo simiente
el corazón que construyese
la fortaleza del amor
que un día sellaron tus labios.
Amor, que dulce tu beso
sangrante y caliente.
Y que destino sanguinario
el que decidió por nosotros.
Y me sentí culpable
ver tu herida, siendo la misma
lo que mis ojos y corazón sentían.
Socorriéndote, tomé el camino equivocado
lo que mi deseo y el egoísmo
de los hombres olvidaron.
Perdido en el laberinto de callejuelas
mi angustia se hizo mas negra.
Y portándote, como ligero peso de pluma
en mi desesperación
aleteando la muerte
sobre nuestras cabezas.
Tu voz de moribundo, me dijo así.
He errado en el camino
y amado como en un sueño profundo
y mi cuerpo siente el frío
si me ves morir
arropame en mortaja
con el último suspiro del amor.
Y guardame en tu seno
para que la muerte
nunca pueda llevarse
lo que no le pertenece.
sangrante rojo de tu beso
el sabor del adiós.
Y en esa noche de luna llena
todos presentes, aullandole
mas tu no estabas
tampoco yo.
Solo un rastro de sangre
iluminaba la luna
el destino que nos encontró
entre respuestas absurdas, con lógica
. . . . . para reír . . . . . .
Y una oscuridad negra sin luna
sembró dentro de mi
lo que ningún hacedor de semillas
siembra en tierra fertil.
Y crecieron las zarzas
en campo simiente
el corazón que construyese
la fortaleza del amor
que un día sellaron tus labios.
Amor, que dulce tu beso
sangrante y caliente.
Y que destino sanguinario
el que decidió por nosotros.
Y me sentí culpable
ver tu herida, siendo la misma
lo que mis ojos y corazón sentían.
Socorriéndote, tomé el camino equivocado
lo que mi deseo y el egoísmo
de los hombres olvidaron.
Perdido en el laberinto de callejuelas
mi angustia se hizo mas negra.
Y portándote, como ligero peso de pluma
en mi desesperación
aleteando la muerte
sobre nuestras cabezas.
Tu voz de moribundo, me dijo así.
He errado en el camino
y amado como en un sueño profundo
y mi cuerpo siente el frío
si me ves morir
arropame en mortaja
con el último suspiro del amor.
Y guardame en tu seno
para que la muerte
nunca pueda llevarse
lo que no le pertenece.