Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Ese nunca sin cielo y sin infierno,
instigado por cuerpos y palabras.
Ese futuro cauto y degollado
a causa de las lágrimas de un pájaro.
El calicanto leve y oprimido
por la fuerza invisible del destino.
El amanecer suave y decoroso,
que lustra el pavimento, donde ayer hubo sangre.
Esa noche silente y contenciosa,
agravada por juicios y autocrítica.
La labor inherente a los ancianos,
cuya arruga se ciñe a la experiencia.
La luz profunda, el sol de medianoche
que ansiamos cuando faltan los abrazos.
Esa boca que sume en la apariencia
al instinto más básico del hombre.
Ese pasillo antiguo que se ha quedado joven,
gracias a los placeres más costosos.
Es en definitiva, donde tu renacer
no te hace ni perversa ni cruel,
sino un bulto ligero y equipado
que se desprende solo de mi rostro.
instigado por cuerpos y palabras.
Ese futuro cauto y degollado
a causa de las lágrimas de un pájaro.
El calicanto leve y oprimido
por la fuerza invisible del destino.
El amanecer suave y decoroso,
que lustra el pavimento, donde ayer hubo sangre.
Esa noche silente y contenciosa,
agravada por juicios y autocrítica.
La labor inherente a los ancianos,
cuya arruga se ciñe a la experiencia.
La luz profunda, el sol de medianoche
que ansiamos cuando faltan los abrazos.
Esa boca que sume en la apariencia
al instinto más básico del hombre.
Ese pasillo antiguo que se ha quedado joven,
gracias a los placeres más costosos.
Es en definitiva, donde tu renacer
no te hace ni perversa ni cruel,
sino un bulto ligero y equipado
que se desprende solo de mi rostro.