F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
¡Lo urgente!
Tanto empleamos el término
que ya, verdaderamente,
se le pierde hasta el respeto
por repetirlo insistente.
Y es porque desconocemos
en verdad qué es urgente
Porque se va tan deprisa
y tan alocadamente
que no puedes… meditar
ni tranquilo, ni prudente,
ni comedido, ni nada...
ni el comportarte decente.
¿Pero se vive, en verdad,
atropellando a la gente?
No, señor, ¡No, señor!
Que lo que resulta urgente
es ¡vivir!, que es prioritario,
por lo menos… que se intente,
ya que la vida es hermosa,
y dejamos por… lo urgente
cosas que son primordiales,
como el pensar; ser consciente;
o el detenernos a oír
la música de una fuente;
o mirar a nuestros árboles,
(uno… cinco… quince… veinte)
maravillas de la vida
de nuestro entorno latente,
porque pasamos… de prisa,
cansados, indiferentes;
sin pararnos a escuchar
el gorjear, inocente,
de los pájaros del parque
o en el pretil de algún puente;
ni, al levantarnos temprano,
observar por el oriente
el sol, que anuncian los gallos,
mientras surge lentamente
entre los montes lejanos…
y que inflama, vehemente
el alma, con su espectáculo.
Sí, señor, ¡ya es urgente
amar esas cosas bellas
que Dios nos muestra insistente,
y dedicarle a la esposa
ese cariño evidente
que juramos, ante Él
y teniendo un cura enfrente!
A partir de Navidad
declaro solemnemente
que abandonaré las prisas,
para vivir, ¡que es lo urgente!
Tanto empleamos el término
que ya, verdaderamente,
se le pierde hasta el respeto
por repetirlo insistente.
Y es porque desconocemos
en verdad qué es urgente
Porque se va tan deprisa
y tan alocadamente
que no puedes… meditar
ni tranquilo, ni prudente,
ni comedido, ni nada...
ni el comportarte decente.
¿Pero se vive, en verdad,
atropellando a la gente?
No, señor, ¡No, señor!
Que lo que resulta urgente
es ¡vivir!, que es prioritario,
por lo menos… que se intente,
ya que la vida es hermosa,
y dejamos por… lo urgente
cosas que son primordiales,
como el pensar; ser consciente;
o el detenernos a oír
la música de una fuente;
o mirar a nuestros árboles,
(uno… cinco… quince… veinte)
maravillas de la vida
de nuestro entorno latente,
porque pasamos… de prisa,
cansados, indiferentes;
sin pararnos a escuchar
el gorjear, inocente,
de los pájaros del parque
o en el pretil de algún puente;
ni, al levantarnos temprano,
observar por el oriente
el sol, que anuncian los gallos,
mientras surge lentamente
entre los montes lejanos…
y que inflama, vehemente
el alma, con su espectáculo.
Sí, señor, ¡ya es urgente
amar esas cosas bellas
que Dios nos muestra insistente,
y dedicarle a la esposa
ese cariño evidente
que juramos, ante Él
y teniendo un cura enfrente!
A partir de Navidad
declaro solemnemente
que abandonaré las prisas,
para vivir, ¡que es lo urgente!
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