Cinarizina
Poeta que considera el portal su segunda casa
Por las estrechas calles de su pueblo
ataviada de novia va Lucía,
en medio de una gran algarabía
le acompaña un colorido cortejo.
Entre desperdicios y olores rancios,
ella el paso marca en la polvareda,
se sueña dueña de la pasarela,
luciendo su hermoso traje blanco.
Presagiando su llegada al infierno,
como sin ganas, pasa lento el tiempo,
cada segundo va muriendo lento,
a Lucía le espera largo encierro.
El novio nunca llegó al encuentro,
velo y corona fueron espinas,
lágrimas rodaron por sus mejillas,
su mente congeló el mal momento.
De la boda frustrada al manicomio,
entre locura y melancolía
compone canciones día tras día,
marcada por aquel cobarde oprobio.
Hermanando lucidez con locura,
desde los barrotes de su ventana
a voz en cuello canta despechada,
culpando a sus parientes y al cura.
Lucía canta y repite el eco:
Me voy y te dejo... me voy te dejo,
de dos que tenía sólo uno te dejo...
de dos que tenía sólo uno te dejo...
ataviada de novia va Lucía,
en medio de una gran algarabía
le acompaña un colorido cortejo.
Entre desperdicios y olores rancios,
ella el paso marca en la polvareda,
se sueña dueña de la pasarela,
luciendo su hermoso traje blanco.
Presagiando su llegada al infierno,
como sin ganas, pasa lento el tiempo,
cada segundo va muriendo lento,
a Lucía le espera largo encierro.
El novio nunca llegó al encuentro,
velo y corona fueron espinas,
lágrimas rodaron por sus mejillas,
su mente congeló el mal momento.
De la boda frustrada al manicomio,
entre locura y melancolía
compone canciones día tras día,
marcada por aquel cobarde oprobio.
Hermanando lucidez con locura,
desde los barrotes de su ventana
a voz en cuello canta despechada,
culpando a sus parientes y al cura.
Lucía canta y repite el eco:
Me voy y te dejo... me voy te dejo,
de dos que tenía sólo uno te dejo...
de dos que tenía sólo uno te dejo...