Luis_Videla
Poeta adicto al portal
¿Me has llamado soberbio? Sí, lo apruebo.
Como admito haber repartido locura y gracia,
drama, dolencias, odio y siniestra honestidad.
¿Me acusas de odiar a Platón? ¿A qué negarlo?
Pero no por sus sombras, luces o ideales,
lo odié por griego, como Aquiles, y a mi talón.
¿Dices que fui profano? Sí, ¿cómo no serlo?
De tal palo, tal astilla, debieras haber visto,
la belleza licenciosa de mi padre, el capitán.
Porque fui noble, ¿no lo recuerdas? Por linaje.
Por padre y madre, por estirpe, por heredad,
hasta por esa ancestral y griega maldición.
¿Romántico? Confieso ser culpable,
desde niño, cuando esa nana me robó
la inocencia y me hizo conocer el amor.
Solitario, incestuoso, extravagante, cojo,
lujurioso, exquisito, derrochón, genial,
malhumorado, guerrero, poeta y boxeador.
Amante de hermanas, primas y prostitutas;
depresivo, esgrimista, alcohólico, da igual.
¿Qué más se te antoja decir de mí, muchacha?
¿Qué fui a morir a Grecia, a pelear una guerra
a la que nadie me convocó, que fui sangrado,
que padecí hasta el último momento por amor?
¿Qué fui modelo de monstruos y vampiros,
que me insultaron, que dilapidé fortunas?
Aquí me tienes, estoy muerto, no me importa.
Pero desde la tumba mi nombre se recuerda
tanto como mi cojera, mi insigne intelecto,
y esos treinta y seis años de vida designados.
Y tú ¿qué sabes de la vieja maldición griega?
¿Conoces los sueños sin sueño de la tumba?
Ten cuidado, te lo advierto, llevas mi nombre;
hónralo, hazlo valer, más te vale trascender,
que te conozcan como a mí, que te recuerden,
antes que las Erinias, esas perras, te convoquen
para reclamar por tus actos y devorar tu corazón.
Como admito haber repartido locura y gracia,
drama, dolencias, odio y siniestra honestidad.
¿Me acusas de odiar a Platón? ¿A qué negarlo?
Pero no por sus sombras, luces o ideales,
lo odié por griego, como Aquiles, y a mi talón.
¿Dices que fui profano? Sí, ¿cómo no serlo?
De tal palo, tal astilla, debieras haber visto,
la belleza licenciosa de mi padre, el capitán.
Porque fui noble, ¿no lo recuerdas? Por linaje.
Por padre y madre, por estirpe, por heredad,
hasta por esa ancestral y griega maldición.
¿Romántico? Confieso ser culpable,
desde niño, cuando esa nana me robó
la inocencia y me hizo conocer el amor.
Solitario, incestuoso, extravagante, cojo,
lujurioso, exquisito, derrochón, genial,
malhumorado, guerrero, poeta y boxeador.
Amante de hermanas, primas y prostitutas;
depresivo, esgrimista, alcohólico, da igual.
¿Qué más se te antoja decir de mí, muchacha?
¿Qué fui a morir a Grecia, a pelear una guerra
a la que nadie me convocó, que fui sangrado,
que padecí hasta el último momento por amor?
¿Qué fui modelo de monstruos y vampiros,
que me insultaron, que dilapidé fortunas?
Aquí me tienes, estoy muerto, no me importa.
Pero desde la tumba mi nombre se recuerda
tanto como mi cojera, mi insigne intelecto,
y esos treinta y seis años de vida designados.
Y tú ¿qué sabes de la vieja maldición griega?
¿Conoces los sueños sin sueño de la tumba?
Ten cuidado, te lo advierto, llevas mi nombre;
hónralo, hazlo valer, más te vale trascender,
que te conozcan como a mí, que te recuerden,
antes que las Erinias, esas perras, te convoquen
para reclamar por tus actos y devorar tu corazón.
Dedicado a mi dilecta amiga Marina Navas Campaña, más conocida como Byroniana, y escrito como contrapunto e inspirado en su poema Larga vida al muerto, en homenaje a Lord George Gordon Byron, poeta.
:: )