Los amantes

carlos lopez dzur

Poeta que considera el portal su segunda casa
El Loco pidió casa.
Tú, Beth, la fundaste. No él.
Como amantes de Zaïn, consentimos.
Fuimos gemelos de orfandad prometida,
discurso de silencio de hoor-paar-krat.

Entreví tu silueta, estructuras femíneas
con cuarzo blanco elaboradas,
y, en el rastro pre-eval de Tu Palabra, silencio.
No dije entonces: «Te amo».

Antes tuve que asegurarme
que entrabas por los ojos.
¡Somos bestias! advertimos.
Busqué en el índigo niñas en tus pupilas,
ancestros de iris y miradas.

Apenas entendimos, pero, al fin,
lo logramos. Fuíste el canto,
levanah de luna llena
y, con razón, te quise.

2.

Bajo el húmedo clotis de tus selvas
besé el briah violacéo de tu isla.
Celé tu territorio, horda endogámica,
pero te hicíste serpentina de repente.

Te enroscaste en el eje de mi árbol
(¡y yo, simple bejuco, externa apariencia
de tu arrastre!) Eras más sabia, Teth,
que las muchas cabezas del dualismo.

Te conoció el león y la serpiente.
Te saltaste los siglos del bípido carnívoro
ya que tienes ígneos tallos de ascenso
para el arcano evolutivo.

El ermitaño y tú tendrán manos abiertas,
muslos que se ligan, recíprocos.

3.

Los amantes se jalan por olfato.
Se imperan en el altar de su arrastre.
Son serpientes elementales de su propio holocausto.
Los esclavos del tiempo los maldicen.
En el aditón y el cuchillo no saben lo que hacen.

Ella se ofrenda a menudo
y funda el corazón para el zarpaso
El charafote es una espada
con hoja generosa y ancha,
¿pero quién hay que la sostenga
y viva sin dolor?

El puñal duplica las cabezas de serpiente;
pero, ¿quién es el que devela los secretos?
El holocausto convoca
sus ritos multitudinarios.

De «Teth, mi serpiente»
 

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